La inerrancia: Una doctrina siempre actual
Por Kenn Chipchase
Pastor; BA y MS; podcast Do Theology.
En los últimos años es cada vez más frecuente oír comentarios que afirman que se hace demasiado hincapié en la inerrancia y que no es esencial afirmarla. Teólogos como Michael Bird[1] y N. T. Wright han hablado de la importancia de la infalibilidad, pero se abstienen de afirmar la inerrancia. En una entrevista escrita en 2014 tras la publicación de Surprised by Scripture[2] (Sorprendido por las Escrituras) Wright considera la inerrancia como una refutación a los enfoques modernistas de las Escrituras, pero argumenta que muchos han llevado la inerrancia demasiado lejos y que la etiqueta es de “utilidad limitada” en nuestros días.[3] Bird ha escrito en su blog sobre conceptos similares afirmando que los debates estadounidenses sobre la inerrancia han dado lugar a “extraños shibolets [lemas] y fijaciones miopes”.[4]

¿Son correctas sus afirmaciones? ¿Acaso la inerrancia carece de importancia hoy en día? ¿Debería la Iglesia concentrar su energía en otras cosas? Este artículo sostiene que los debates sobre la inerrancia son más relevantes que nunca y que la Iglesia debe permanecer vigilante para salvaguardar la fe que fue transmitida de una vez por todas a los santos y preservada en las páginas de las Escrituras. La realidad es que las batallas históricas sobre la doctrina de la inerrancia nunca terminaron, y las implicaciones de negar su veracidad son catastróficas para cualquier semblanza de la fe cristiana.
La inerrancia sigue en el punto de mira
Se puede caer en la tentación de considerar las batallas sobre la inerrancia como debates históricos: los teólogos del pasado se enfrentaron a los liberales teológicos, y ahora es una cuestión zanjada. Se han escrito muchos libros, como The Inspiration and Authority of the Bible (La inspiración y autoridad de la Biblia), de B. B. Warfield,[5] y se formaron declaraciones, como la Declaración de Chicago sobre la Inerrancia,[6] que han trazado las líneas y uno acepta la inerrancia o no. Lamentablemente, no es tan simple como eso.
Aunque el movimiento fundamentalista actual se apoya en los hombros de grandes incondicionales de la fe que han librado estas batallas, la realidad es que la guerra dista mucho de haber terminado. Cuando el Dr. Peter Enns fue despedido del Seminario Teológico Westminster (PA) en 2008 debido a los puntos de vista poco ortodoxos sobre la inspiración y la inerrancia expresados en su libro Inspiration and Incarnation (Grand Rapids: Baker Academic, 2005; publicó una segunda edición en 2015) (Inspiración y encarnación), el tema de la inerrancia saltó a la palestra de una manera dramática, lo que llevó a muchos a reconsiderar sus compromisos con esta doctrina fundamental.
Entre ellos se encontraba el difunto Dr. Michael Heiser, que escribió una serie de artículos en su blog en los que se debatía sobre estos conceptos, y que finalmente trató de encontrar un “término medio y luego orientarse a través de él” entre el punto de vista tradicional sobre la inerrancia y un rechazo rotundo de la misma, lo que llevó a una inerrancia “suave” que afirma la veracidad del mensaje general de la Biblia, incluso si algunos hechos particulares no son ciertos.[7]
N. T. Wright, Peter Enns, Michael Heiser. Se trata de nombres significativos en el ámbito de la erudición evangélica, y las oleadas posteriores no han cesado. Aunque uno podría tener la tentación de pensar que las iglesias conservadoras y sus miembros están aislados del mundo académico, la realidad es que muchos de estos eruditos están formando pastores, han escrito obras muy accesibles, son muy respetados y han creado contenidos dirigidos al creyente medio, no sólo al mundo académico. El resultado neto es que a medida que su influencia se ha extendido, también lo han hecho sus creencias sobre cuestiones como la inerrancia.
La encuesta de Ligonier y Lifeway Research muestra esta creciente influencia. Cada dos años, su encuesta “El estado de la teología” sondea a la nación. Hacen preguntas sobre Dios, la salvación, la ética y la Biblia, y siguen la evolución a lo largo del tiempo. En 2022, más del 25% de los que se autodenominan evangélicos están de acuerdo o muy de acuerdo con la afirmación “La Biblia, como todos los escritos sagrados, contiene relatos útiles de mitos antiguos, pero no es literalmente verdadera”.[8]
Estas encuestas revelan que la comprensión “evangélica” de las Escrituras es lamentablemente inadecuada y que la influencia de los negadores de la inerrancia ha crecido. Si uno supone que las iglesias conservadoras no están influidas por estas tendencias, corre el riesgo de no armar a su pueblo para la batalla que se avecina. No se trata de ser alarmista. No es necesario temer a quienes propagan argumentos contrarios a la inerrancia, ya que la verdad nunca necesita temer a la investigación. No obstante, sería insensato ignorarlos y hacer como si no existieran. La batalla por la inerrancia está lejos de haber terminado, y pastores, padres y maestros harían bien en estar bien versados en su defensa.
Enseñar fielmente la Biblia significa enseñar la inerrancia
La cuestión de si alguien afirmará la inerrancia es realmente una cuestión de si esa persona se comprometerá a enseñar fielmente lo que dice la Escritura.[9] Muchos textos afirman que la Palabra de Dios es verdadera hasta la última jota y tilde; para enseñar fielmente las Escrituras, la inerrancia debe ser aceptada y enseñada. Considere estos textos [N. del E.: en el artículo original el autor aclara que todos son citados de ESV, en la traducción son de LBLA]:
“Las palabras del Señor son palabras puras, plata probada en un crisol en la tierra, siete veces refinada” (Sal. 12:6). Tal plata no tiene imperfecciones.
“La ley del Señor es perfecta…seguro…rectos…puro…verdaderos” (Sal. 19:7-9).
“Probada es toda palabra de Dios” (Pr. 30:5). Se trata de una afirmación definitiva. Dios no falla. No comete errores. Cuando habla, las palabras son verdaderas. Hasta la última de ellas.
Jesús dijo: “El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán” y “…hasta que pasen el cielo y la tierra, no se perderá ni la letra más pequeña ni una tilde de la ley hasta que toda se cumpla” (Mt. 24:35; 5:18). Estas palabras de Cristo suelen entenderse (y correctamente) para hablar del significado perdurable y la naturaleza eterna de la Palabra de Dios, pero también comunican su veracidad. No pasará ni una sola jota, ni siquiera un punto. Todo es verdad y se demostrará que lo es, hasta el último trazo de la pluma. Por consiguiente, si uno va a enseñar fielmente la Biblia, necesariamente debe enseñar la inerrancia. La propia Escritura lo exige.
Por el contrario, la negación de la inerrancia imposibilita la enseñanza fiel del texto. Si algunos aspectos de la Biblia son erróneos, esto obliga a preguntarse: ¿Qué partes? ¿Cómo se puede estar seguro? ¿Enseñará uno fielmente lo que cree que es un error? Esta última cuestión es ética. Ningún profesor con un criterio ético enseñaría fielmente como verdadero lo que cree que está equivocado, por lo que el resultado neto de negar la inerrancia es necesariamente un alejamiento del texto y de sus afirmaciones de verdad. Textual, lógica y éticamente, cualquier compromiso de enseñar fielmente las Escrituras exige un compromiso con la doctrina de la inerrancia.
Renunciar a la inerrancia implica renunciar a la inspiración y la autoridad
Resulta muy confuso que algunos que niegan la inerrancia sigan intentando mantener las doctrinas de la inspiración y la autoridad.[10] ¿Cómo puede decirse correctamente que un texto erróneo es inspirado o tiene autoridad? Es un error creer que es así. Un documento que sin duda contiene errores tampoco es inspirado. Asumiendo la interpretación teológica tradicional de la inspiración (que la Escritura es soplada por Dios y, por tanto, es Su misma Palabra (2 Ti. 3:16)), decir que también contiene errores es una afrenta al carácter de Dios (un punto que se amplía más adelante). La doctrina de la inspiración de la Escritura por un Dios bueno y veraz exige necesariamente la inerrancia, y por tanto la negación de la inerrancia exige necesariamente la negación de la inspiración.
Además, negar la inerrancia es también negar la autoridad de la Biblia. ¿Por qué alguien estaría obligado a someterse a un documento falible de origen meramente humano? Es lógicamente incongruente sostener que la Biblia tiene autoridad, por un lado, y afirmar que contiene errores, por otro. No se puede, o más bien no se debe, rendir cuentas a un documento que contiene errores.
El presente autor está convencido de que, para muchas personas, este es todo el sentido de negar la inerrancia. Es frecuente relacionarse con personas que han “deconstruido” su fe y oír que la negación de la inerrancia fue uno de los primeros pasos hacia el rechazo total de la verdad bíblica. Si la Biblia es falible, entonces no tiene autoridad cuando habla de asuntos que a ellos les parecen problemáticos. Rechazar la inerrancia, por lo tanto, les da libertad en su mente para seguir cualquier estilo de vida pecaminoso que elijan sin sentirse culpables de estar violando la Palabra de Dios.
Esto no quiere decir que la negación de la inerrancia por parte de todos esté motivada por intenciones tan obviamente pecaminosas. Sin embargo, hay que admitir que una vez que se dan pasos hacia tal negación no hay razón para no seguir avanzando. Los redactores de la Declaración de Chicago eran muy conscientes de lo que estaba en juego cuando escribieron:
El resultado de dar este paso es que la Biblia… pierde su autoridad, y lo que tiene autoridad en su lugar es una Biblia reducida en su contenido de acuerdo con las exigencias de los razonamientos críticos de cada uno y, en principio, reducible aún más una vez que se ha empezado a razonar. Esto significa que, en el fondo, la razón independiente tiene ahora autoridad, en contraposición a la enseñanza bíblica. Si esto no se ve y si por el momento se siguen manteniendo las doctrinas evangélicas básicas, las personas que niegan la verdad plena de las Escrituras… se han alejado del principio evangélico del conocimiento hacia un subjetivismo inestable, y les resultará difícil no seguir avanzando.[11]
Aunque algunos pretenden afirmar la infalibilidad, la inspiración y la autoridad de la Biblia al tiempo que niegan la inerrancia, su negación socava sus afirmaciones, por lo demás ortodoxas. Esta postura es lógicamente insostenible y acabará derrumbándose sobre sí misma. Renunciar a la inerrancia implica renunciar también a la inspiración y a la autoridad.
Negar la inerrancia es negar la naturaleza y el carácter de Dios
Como ya se ha señalado, si alguien desea afirmar las doctrinas de la inspiración y la autoridad de la Biblia y, sin embargo, niega su inerrancia, eso no es tanto una afirmación sobre la naturaleza del texto como sobre la naturaleza y el carácter del Dios que lo inspiró.
La negación de la inerrancia es una afirmación sobre la falta de poder de Dios (Él no pudo evitar que los autores humanos cometieran errores al escribir), el conocimiento o la competencia de Dios (Él mismo se equivocó al inspirar el texto) o la bondad de Dios (Él no es veraz ni honesto). En cualquier caso, se trata de un terreno peligroso.
La Escritura es fundamentalmente la autorrevelación de Dios a la humanidad, y en Su Palabra declara que Él es la perfección absoluta (Sal. 18:30; Mt. 5:48) y la verdad (Nm. 23:19; 1 S. 15:29; Jn. 14:6; Tit. 1:2; He. 6:18). Si la inerrancia es falsa, entonces todos esos textos de las Escrituras (y más) son falsos y no se puede confiar en Dios, ni seguirlo, ni adorarlo. De hecho, ¡se podría decir que ni siquiera es Dios! Esto conduce lógicamente a un rechazo total de toda la Escritura; ¿por qué preocuparse por algo si no se puede confiar en su Autor?
Es inequívocamente claro que la visión que uno tiene de las Escrituras no es sólo acerca de las Escrituras, sino que revela toda una visión del mundo. En un ensayo que se encuentra en The Foundation of Biblical Authority (El fundamento de la autoridad bíblica), J.I. Packer escribió:
…cuando te encuentras con una visión actual de la Sagrada Escritura, te encuentras con algo más que una visión de la Escritura. Lo que se encuentra es una visión total de Dios y del mundo, es decir, una teología total, que es a la vez una ontología, que declara lo que hay, y una epistemología, que declara cómo sabemos lo que hay. Esto es necesariamente así, porque una teología es una túnica sin costuras, un círculo dentro del cual todo se vincula con todo lo demás a través de su fundamento común en Dios. Cada visión de la Escritura, en particular, demuestra al analizarla que está ligada a una visión global de Dios y del hombre.[12]
Como observa Packer, la visión que uno tiene de las Escrituras no existe ni puede existir en el vacío. La comprensión que uno tiene de Dios, de la humanidad y de todo el mundo que le rodea está ligada a cómo entiende la Biblia. Negar o afirmar la inerrancia refleja la naturaleza de Dios, porque necesariamente debe hacerlo. Es Su libro. Lo que uno cree sobre él, lo cree sobre Dios. Si uno se preocupa por la naturaleza de Dios, se preocupará por cómo entiende Su revelación y cómo la comunica a los demás.
Conclusión
Desde el principio, la táctica principal del enemigo ha sido la misma: “¿Conque Dios os ha dicho…?” (Gn. 3:1). Si consigue que la humanidad dude o rechace la Palabra de Dios, el resto se desenreda a partir de ahí.
Entonces, ¿merece la pena preocuparse por la inerrancia hoy en día? Todo depende. ¿Merece la pena perseguir una proclamación fiel de la verdad de Dios? ¿Merece la pena interesarse por la naturaleza de las Escrituras como inspiradas y autorizadas? ¿Merece la pena preocuparse por la naturaleza y el carácter de Dios? Si la respuesta a cualquiera de estas preguntas es afirmativa, no hay otra opción que preocuparse por la inerrancia. El enemigo no ha cesado en sus estratagemas, y mientras siga rondando para robar, matar y destruir, el pueblo de Dios debe estar en guardia contra los ataques a la veracidad y fiabilidad de la totalidad de la Palabra de Dios.
“Afirmamos que lo que dice la Escritura, lo dice Dios. Que Él sea glorificado. Amén y Amén”.[13]
NOTAS
[1] Michael Bird, Seven Things I Wish Every Christian Knew about the Bible (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2021).
[2] N. T. Wright, Surprised by Scripture (New York, NY: HarperOne, 2014).
[3] “N. T. Wright on the Bible and Why He Won’t Call Himself an Inerrantist,” https://religionnews.com/2014/06/02/n-t-wright-bible-isnt-inerrantist. Consultado el 23/2/23.
[4] Michael Bird, “Saving Inerrancy from the Americans?” https://michaelfbird.substack.com/p/saving-inerrancy-from-the-americans? Consultado el 23/2/23.
[5] B. B. Warfield, The Inspiration and Authority of the Bible (Phillipsburg, NJ: P&R, 1980).
[6] https://library.dts.edu/Pages/TL/Special/ICBI_1.pdf. Consultado 23/2/23. Para este artículo se ha asumido la definición de inerrancia de la Declaración de Chicago.
[7] Dr. Heiser recopiló todos esos artículos en un solo lugar (¡hay muchos!) al que se puede acceder aquí: https://drmsh.com/naked-bibles-inspiration-discussion/.
[8] https://thestateoftheology.com/data-explorer/2022. Consultado el 23/2/23.
[9] “Enseñar fielmente” significa aquí que lo que se enseña es un reflejo exacto de lo que el texto dice y significa según la intención del autor.
[10] Véanse las obras ya citadas de Bird y Wright como ejemplos de algunos que intentan hacerlo.
[11] The Chicago Statement on Biblical Inerrancy, 10-11.
[12] J. I. Packer, “Encountering Present-Day Views of Scripture,” en The Foundation of Biblical Authority, ed. James Montgomery Boice (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1978), 61.
[13] Chicago Statement, 11.
[N. del E.: todos los pasajes bíblicos de este artículo fueron tomados de La Biblia de las Américas (LBLA)]
Copyright VOICE Magazine, utilizado con autorización.
Edición: Mayo/Junio 2023.