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La Santidad de Dios

Por Caleb Hilbert

Pastor en Lewis and Clark Bible Church, Astoria, Oregon; misionero con Northwest Independent Church Extension; profesor de International Training and Equipping Ministries.

La iglesia moderna a veces comete el error de dar mayor importancia a ciertos atributos de Dios, restando importancia a otros. Por desgracia, todos hemos cometido este error. Por ejemplo, una búsqueda en una de las fuentes de sermones más respetadas reveló que más de 5,900 sermones hablan del amor de Dios y más de 6,700 de la gracia de Dios, mientras que los sermones que tratan sobre la santidad de Dios son menos de 2,000. No está mal pensar, predicar o hablar del amor y la gracia de Dios (necesitamos hablar de estos atributos a menudo), pero sí demuestra la tendencia de la iglesia moderna a mencionar algunos atributos con más frecuencia que otros, como la santidad de Dios. No somos los primeros en exaltar un atributo por encima de otro; incluso el prolífico Charnock escribió sobre este fenómeno en su época.[1]

Tras visitar el primer sitio web, pasé a un segundo y obtuve el mismo resultado. Además, muchos títulos y descripciones de sermones contienen la expresión “la santidad de Dios”; sin embargo, tras escuchar algunos de ellos, me sorprendió descubrir que no ofrecían una perspectiva bíblica ni significativa de la santidad de Dios. En cambio, los sermones presentaban la santidad como algo que se refería exclusivamente al comportamiento de la persona. Cuando hablan de la santidad de Dios, suelen referirse a que “Dios actúa con pureza”. Tras hablar con varios miembros de la iglesia y pastores en una encuesta informal, esta parece ser la visión mayoritaria de la santidad entre aquellos con quienes hablé.

La santidad de Dios, al igual que todos Sus atributos, debe ocupar el lugar que le corresponde junto a los demás atributos, y es Dios quien debe definirla, ya que Él es el único que se conoce a Sí mismo a la perfección (Mt 11:27). En dos ocasiones en las Escrituras (Is 6:3; Ap 4:8), vemos la adoración de los ángeles, en la que enfatizan Su santidad diciendo: “Santo, santo, santo. Fíjate en que aquellos que existen en la presencia inmediata de Dios consideran oportuno señalar este atributo. Esto debería mostrarnos la importancia de la santidad, aunque sin excluir a los demás. Pero un observador casual debe admitir que hay algo especial en la santidad de Dios. Es algo más que Su mero comportamiento. Además, la santidad es el único atributo que se repite tres veces seguidas en las Escrituras. Aunque Dios es amoroso, justo, creativo, fiel, soberano, pacífico, paternal, celoso, bueno, todopoderoso, omnipresente, omnisciente, inmutable, eterno y tiene un sinfín de otros atributos, ninguno de ellos se pone de manifiesto de la misma manera que la santidad.

Sin embargo, incluso al aceptar esto, sigue existiendo una tendencia a restarle importancia y a definir erróneamente la santidad de Dios, lo cual constituye una grave distorsión. Debemos partir de una definición correcta de la santidad y, a continuación, analizar las implicaciones que este atributo tiene para el creyente. Espero que, a través de este artículo, puedas ver el grave error que supone restarle importancia y definir incorrectamente la santidad, y que puedas percibir la santidad de Dios con mayor claridad, de modo que esto tenga un impacto en tu vida.

Por favor, no malinterpretes lo que digo: no creo que un atributo sea superior a otro. Más bien, Dios es un todo unificado de todos Sus atributos simultáneamente. Él es perfecto; sus atributos nunca aumentan ni disminuyen. Es difícil distinguir unos atributos de otros. Algunos observan la frecuencia con la que aparecen ciertos atributos y sugieren que son más importantes que otros. Esto podría llevarlos a explicar a Dios y al resto de Sus atributos a través del prisma de ese único atributo. Pero cuando observamos cuidadosamente lo que enseñan las Escrituras, vemos que Dios no hace esto, sino que enfatiza atributos específicos para Su autorrevelación en determinadas circunstancias y por razones específicas. Como veremos, la santidad de Dios ayuda a combatir los errores de la idolatría, el sincretismo, la adoración, la salvación, la santificación y muchos otros. La frecuente mención de la santidad de Dios es un testimonio de nuestro frecuente error y pecado.

Debemos comenzar nuestro análisis con el significado de la palabra “santo”. Las dos palabras en la lengua original son en hebreo y hágios en griego. Ambas palabras tienen el significado básico de “estar separado”. En el mundo antiguo, cuando algo estaba “separado”, se reservaba para un uso concreto o era de naturaleza distinta.

Decir que Dios es santo es hablar de Su separación o de Su singularidad. Moisés preguntó en Éxodo 15:11: “¿Quién como tú entre los dioses, oh Señor?” Esto se refiere a la singularidad de Dios. Aunque el hombre está hecho a imagen de Dios, no somos dioses. Hay muchas cosas que Dios es y que nosotros no somos. Dios no está compuesto colectivamente por Su creación; al contrario, Él es independiente y totalmente distinto.

¿Qué lo hace diferente? Moisés respondió que Dios es “majestuoso en santidad” (Éx 15:11). Existe un esplendor sobrecogedor en la alteridad de Dios. Numerosos relatos de seres humanos que experimentaron la gloria de Dios demuestran que sintieron una abrumadora sensación de asombro y temor en Su presencia, donde tomaron conciencia de su indignidad. Se dieron cuenta de que Dios es otro, mientras que ellos son pecadores; experimentaron una profunda conciencia de su condición de criaturas. Para nosotros, es esta misma conciencia de ser criaturas la que debería llevarnos a la cruz. Nos hace ver que somos pecadores y que Él es distinto en Su santidad, y que la única manera en que podemos estar en paz con este Dios santo es a través de Su Hijo, Jesucristo.

Otros pasajes hablan de la santidad de Dios de una manera que revela lo que significa “santo”. Por ejemplo, el Salmo 99:1-3 habla de la trascendencia de Dios o de Su exaltación por encima de todos los demás. Él está separado de nosotros; está por encima de nosotros. Esto no borra el hecho de que Dios es inminente. Al contrario, lo contemplamos a Él, el Gran Dios que está más allá de nosotros.

En el Nuevo Testamento se nos dice que los hijos de Dios están llamados a la santidad porque Dios mismo es santo (1 P 1:16). Su separación de Su creación va mucho más allá de una “alteridad (cien por ciento otro)” trascendente, y abarca incluso Sus acciones y reacciones. Las acciones de Dios son santas, ya que brotan de Su alteridad. Son santas porque muestran Su majestad y trascendencia. Son santas porque son exclusivas de Él. Por lo tanto, como hijos Suyos, tiene sentido que actuemos de manera distinta a nuestra antigua manera de vivir y de la del mundo. Debemos actuar en consonancia con el carácter de nuestro Padre Celestial. Nuestras buenas obras se realizan de tal manera que están dedicadas y apartadas para Él.

Si bien la santidad de Dios tiene un lado positivo —a saber, que Él ama lo que es bueno o santo—, vemos que también tiene un lado negativo: Él odia el pecado. Su odio es un desprecio absoluto por el pecado, y Él desea erradicarlo. Se puede observar que ambos aspectos de Su santidad se plasman en la imposición de mandamientos y juicios.

La santidad de Dios es su alteridad intrínseca, sobrecogedora y trascendente, que se manifiesta en Su carácter y en Sus acciones. Cuando la criatura contempla esta santidad, ya sea en persona o a través de las Escrituras, nos invade inmediatamente un sentimiento de asombro, temor, conciencia de nuestra condición y conciencia de Su alteridad trascendente. Cuando examinamos este fenómeno a la luz de todos Sus atributos, vemos que Su santidad nos llena de asombro y Su amor nos invita a acercarnos. Él obra en nuestros corazones de tal manera que nos sentimos convencidos de nuestro pecado, vemos nuestra pequeñez y estamos convencidos de que este Dios santo es la única solución para nuestra alma.

Una vez comprendida adecuadamente la santidad de Dios, podemos centrar nuestra atención en las implicaciones prácticas de esta doctrina. La primera es la adoración, la respuesta adecuada del creyente, motivada por el amor, a la gloria de Dios. La santidad de Dios debería hacer que nuestro corazón cambie y se ablande, y nuestra alma debería quedar asombrada y llena de reverencia ante Dios. Cuando vislumbras Su santidad en las páginas de las Escrituras, el corazón se inclina. La mente queda paralizada, y de inmediato te sientes abrumado por Su dignidad y tu indignidad. El creyente que medita en la santidad de Dios no puede ser tentado a seguir a otro dios o ídolo, mientras decimos con valentía: “¿Quién como tú, majestuoso en santidad […]?. La idolatría no es simplemente incorrecta porque los ídolos no existen, sino que es terrible porque no vemos a nuestro Dios en el esplendor de Su majestad.

La segunda implicación de la santidad de Dios tiene que ver con la forma en que nos vemos a nosotros mismos y a nuestras acciones. Sentimos nuestra pequeñez y nuestra depravación. Cuando los seres humanos tienen esta percepción, debería llevarles a exclamar: “¡Ay de mí!”. Vemos nuestra pecaminosidad y eso nos hace ver nuestra necesidad de salvación. Sabemos que merecemos el juicio de Dios. A medida que crecemos en el conocimiento de la santidad de Dios, comenzamos a odiar las tinieblas y a amar la luz.

La tercera implicación sería el privilegio distintivo del creyente: estamos llamados a ser santos. Esto significa que estamos llamados a ser diferentes, consagrados para el servicio de Dios. Debemos abandonar lo mundano y llevar una vida de santidad. ¿De qué manera este atributo nos llama a ser diferentes y a estar consagrados para Su servicio? El apóstol Juan señala en 1 Juan 1:5-10 que la comunión con un Dios santo exige que seamos santos. Existe una cierta inevitabilidad de que actuemos de manera impía, y la consecuencia es una ruptura en la comunión. Por lo tanto, habrá convicción de pecado, el deseo de restaurar la comunión, seguido de la confesión del pecado y la sumisión al Espíritu. El Espíritu de Dios obra en nuestros corazones y produce una vida santa.

La cuarta consecuencia sería nuestra forma de transmitir la santidad de Dios. No me refiero a que nos subamos al púlpito y prediquemos nuestra versión de “Pecadores en manos de un Dios airado” —aunque uno se preguntaría si eso sería necesario en algunas iglesias hoy en día—. Lo que quiero decir es que debemos hablar de la verdadera naturaleza de Dios y guiar al pueblo de Dios para que lo admire por lo que es, tal y como se revela en las Escrituras, especialmente en estos días en los que tantos creyentes se distraen con la política, las redes sociales y un sinfín de otras cosas. Al invitarlos a reflexionar sobre los atributos de Dios (incluida Su santidad), esto agudizará nuestro enfoque, nuestra misión y nuestro mensaje.

Al observar la iglesia evangélica en Estados Unidos, hay muchas cosas que me preocupan. Supongo que podría lanzarme a una diatriba teológica sobre un sinfín de prácticas en la iglesia que, en mi opinión, menosprecian el evangelio y el carácter de Dios. Sería fácil señalar los ejemplos más evidentes y absurdos de algunos de los casos más flagrantes. Sería fácil decir: “Si tan solo conocieran la santidad de Dios”. Sin embargo, creo de todo corazón que el problema no está en ellos, sino en nosotros. Recuerdo numerosas ocasiones en las que no consideré al Señor como santo. No organicé ningún evento en la iglesia para destacar la santidad de Dios. Imagino que muchos de nosotros nos hemos quedado más impresionados por las hazañas humanas que por la santidad de Dios. Sí, está mal que veamos a otros menospreciar la santidad de Dios, pero es tremendamente inapropiado que la menospreciemos nosotros mismos.

Este problema debe corregirse primero en nuestros corazones; ¡debemos ver al Señor como santo! ¡Debemos actuar como si el Señor fuera santo! ¡Debemos hablar como si el Señor fuera santo! Debemos celebrar la santidad de Dios, como Moisés, quien dijo: “¿Quién como tú entre los dioses, oh Señor? ¿Quién como tú, majestuoso en santidad, temible en las alabanzas, haciendo maravillas?” (Éx 15:11).

 


NOTAS

[1] Stephen Charnock, The Existence and Attributes of God, (Minneapolis, MN: Klock and Klock Christian Publishers, 1969), 448-49.

[N. del E.: todos los pasajes bíblicos de este artículo fueron tomados de La Biblia de las Américas (LBLA)]

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Edición: Mayo/Junio 2022.