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Mantener la teología sistemática en su lugar

Por Dr. Richard Bargas

Director Ejecutivo de IFCA International, Editor de VOICE Magazine.

A los cristianos nos encantan las etiquetas. Me recuerda lo que escribió Pablo en 1 Corintios 1:12: “Me refiero a que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo, yo de Apolos, yo de Cefas, yo de Cristo”. Podríamos decir: “soy de Calvino”, “soy de MacArthur” o “soy de Ryrie”, pero estas etiquetas no siempre son útiles y, a menudo, no conducen a una interacción cordial.

Recuerdo una conversación con un joven creyente al que le encantaba leer libros de teología…¡y también le encantaban las etiquetas! Mientras hablábamos, me contó una conversación que había mantenido con otro miembro de nuestra iglesia, un cristiano relativamente nuevo. Con asombro en su voz, mi hermano en Cristo dijo: “Creo que Gabriel es un…”. Dejaré que rellenes el espacio en blanco con tu etiqueta partidista favorita.

Mi amigo se quedó sorprendido porque sabía que este nuevo converso, con solo unos pocos años de fe, no había leído ningún libro de teología, nunca había asistido a una conferencia y, por lo que él sabía, no había visto ni un solo debate teológico en vídeo. Así que le pregunté: “¿Por qué crees que tiene estas creencias?”. “Bueno”, continuó, “cuando le hablé de estas ideas teológicas, estuvo de acuerdo conmigo e incluso aportó más a nuestra conversación. Me sorprendió, pastor, que supiera tanto sobre estas cosas”.

Sonreí y continué explicándole que tenía razón en lo que respecta a nuestro amigo Gabriel. No había leído libros de teología, ni había asistido a conferencias, ni siquiera había visto un debate, pero había sido fiel a la asistencia a la iglesia y a la lectura y el estudio de su propia Biblia. “Y por eso puede defender esas verdades”, le dije. “Adquirió sus puntos de vista teológicos, como todos deberíamos hacer, descubriéndolos primero en la Palabra de Dios y a través de maestros fieles que enseñan las Escrituras en su contexto”.

Aunque se trate de un ejemplo sencillo, así es como se desarrolla correctamente la teología a partir del estudio de la Palabra de Dios, surgiendo de la enseñanza expositiva de las Escrituras semana tras semana y año tras año en la iglesia.

En la actualidad, la Iglesia evangélica se enfrenta a varias pruebas que están sacudiendo sus cimientos teológicos. Cabe esperar que el ala liberal de la iglesia niegue la infalibilidad de las Escrituras, lo que, naturalmente, se alinearía con teorías interpretativas que permiten a los liberales teológicos interpretar la Palabra de Dios según sus propios deseos y las necesidades que ellos perciben. Por ejemplo, Mary Veeneman, en su obra introductoria en Theological Method (Método teológico), recoge la lista de los diez enfoques hermenéuticos del obispo católico romano Avery Dulles.

Veeneman escribe: “Aunque no ha agotado todos los enfoques hermenéuticos posibles, Dulles se ha acercado bastante con esta lista”. Estos son los enfoques tal y como los enumera Veeneman:

  1. El enfoque doctrinal clásico, que entiende la Biblia como una recopilación de afirmaciones doctrinales.
  2. La teología bíblica, que trata de reunir las enseñanzas de toda la Escritura sobre un tema teológico concreto.
  3. La exégesis espiritual, que se aprecia con mayor claridad en los escritos de los Padres de la Iglesia Oriental.
  4. La teología de la Palabra, que Dulles asocia con el enfoque de Karl Barth.
  5. La hermenéutica existencial, que Dulles asocia con el enfoque de Rudolf Bultmann.
  6. El enfoque experiencial-expresivo, que se aprecia en la obra de Karl Rahner.
  7. Buscar la intención del autor.
  8. Reconstrucción histórica (tal y como se observa en diversos enfoques de la crítica bíblica).
  9. El enfoque cultural-lingüístico.
  10. El enfoque de la teología de la liberación.[1]

Dulles considera los enfoques hermenéuticos como una caja de herramientas. Cuando se necesita una interpretación concreta, hay varias opciones. Si ese enfoque no satisface tus necesidades, puedes elegir una alternativa. Al igual que el psicoterapeuta, que puede elegir sus métodos en función de lo que percibe como el problema, el teólogo puede elegir su método interpretativo para que se ajuste al resultado deseado.

Es revelador que muchos enfoques teológicos no busquen comprender lo que el autor escribió a su público, sino más bien lo que el intérprete moderno quiere que diga el texto bíblico. Es como si la Biblia fuera una caja de palabras de la que se pudieran sacar y ordenar a tu antojo para que dijeran lo que tú quisieras. En este artículo, defenderé la única opción sensata entre quienes se preocupan de verdad por lo que el texto bíblico realmente dice.

Queremos comprender cuál era la intención de los autores originales, porque creemos que el texto tiene un significado único y buscamos discernir el significado inspirado por el Espíritu. Y por muy útiles que puedan ser Spurgeon, Calvino, Lutero, Ryrie, Vlach, MacArthur, Sproul o Piper, queremos saber lo que Dios dijo. Para interpretar correctamente las Escrituras, no necesitamos los escritos de Platón, Aristóteles o Aquino.

Hoy en día, no solo nos enfrentamos al desafío del mundo académico liberal, sino también, más cerca de casa, al de aquellos que se autodenominan recuperacionistas, que se inspiran en la teología católica del Ressourcement de Dulles —buscando volver a una interpretación que no se limita a utilizar otras fuentes como ayuda, sino que exige la introducción de ideologías ajenas, incluso paganas, en nuestra comprensión—. La tradición, la patrística, la razón humana, los credos y las confesiones se sitúan al mismo nivel que las Escrituras para ayudarnos a comprender la Palabra de Dios.

No hace falta recurrir a Tomás de Aquino ni a Agustín para interpretar correctamente la Palabra. Algunos de estos hombres, en la medida en que interpretaron correctamente la Palabra de Dios, pueden ser de utilidad para la Iglesia. Pero los hombres se equivocan, como nos dicen los recuperacionistas. Dicen que no podemos interpretar la Biblia sin la ayuda de estos maestros humanos. Pero ¿quién enseñó a los maestros? ¿Quién instruyó a los autores de los credos y las confesiones? ¿Acaso creemos que ellos también son infalibles?

Estas amenazas sugieren, de forma no tan sutil, que la Escritura por sí sola no basta. Debemos contar con otras fuentes de autoridad que complementen las Escrituras si queremos interpretar correctamente la Biblia. La tradición, la razón humana, la teología natural, la filosofía, los credos y las confesiones se elevan a un nivel de autoridad que muchos evangélicos no habían visto desde antes de la Reforma.

Permíteme exponerte mis premisas para argumentar que, si bien los conceptos teológicos son útiles para la Iglesia y los creyentes, debemos asegurarnos de que cada elemento ocupe el lugar que le corresponde.

 

Supuestos

  • Autoridad: las Escrituras tienen autoridad sobre todas las fuentes secundarias y por encima de ellas.
  • Claridad: podemos comprender lo que enseña la Biblia y sacar provecho de ello.
  • Suficiencia: la Escritura por sí sola es suficiente, aunque otras fuentes pueden ayudarnos a comprenderla mejor.
  • Iluminación: Las Escrituras solo pueden entenderse correctamente con la ayuda del Espíritu Santo.

No quiero basarme en estos cuatro pilares sin un fundamento bíblico. Todos ellos se pueden encontrar en las experiencias de nuestro Señor con quienes se oponían a su ministerio:

Jesús reprendió a los maestros por dar demasiada importancia a las tradiciones de los hombres (Mt 15:1-9; Mr 7:1-13; Lc 11:37-52)

  • En el Antiguo Testamento no existía ningún precepto que exigiera a los discípulos lavarse las manos. Se trataba de una “tradición de los ancianos” (Mt 15:2).
  • Jesús contrapuso esta acusación ofensiva al incumplimiento de la Palabra de Dios por parte de ellos (vv. 4-6).
  • Jesús no equiparó las tradiciones de los hombres con la Palabra de Dios.
  • En estos ejemplos, Jesús demuestra claramente que consideraba la Palabra de Dios como vinculante y las tradiciones de los hombres —como en este caso— como subordinadas y, en ocasiones, contrarias a las Escrituras.
  • Jesús describió a esos maestros como “ciegos guías de ciegos” (v. 14) debido a su estado de no regeneración. Su incredulidad también los llevó a guiar a las personas según las tradiciones de los hombres y no según las Escrituras.
  • Las enseñanzas de los rabinos se basaban en extrapolaciones del Antiguo Testamento, pero carecían de validez en la medida en que no reflejaban con precisión el verdadero significado del pasaje. En Mateo 15:4 dice: “Porque Dios dijo…” y en el versículo 5: “Pero vosotros decís…”, lo que demuestra el fuerte énfasis de Cristo en que la Palabra de Dios no es lo mismo que la tradición humana.

Jesús demostró que la autoridad de las Escrituras era superior a la opinión rabínica y a la tradición (Mt 7:28-29; Mr 1:22; Lc 4:32)

  • Cuando Jesús concluyó su magistral sermón del Monte, la gente quedó asombrada, pues su autoridad no procedía de los escribas, sino de sí mismo.
  • Cristo podría haberse amparado en la autoridad de los escribas, citando a los rabinos, pero no lo hizo.
  • En cambio, en su sermón, Cristo refutó una y otra vez las enseñanzas de los escribas:

Habéis oído que se dijo…Pero yo os digo…” (5:21-22, 27-28, 31-34, 38-39, 43-44)

  • Los rabinos se cuidaban mucho de no hacer declaraciones con tono autoritario como las que hacía Jesús.
  • Basaban sus opiniones en las de quienes les habían precedido, citando a menudo al rabino tal o cual como prueba de que sus opiniones eran ortodoxas.

Jesús reprendió a los maestros por no comprender el significado de las Escrituras (Mt 21:42 / Mr 12:10; Mt 22:29-32 / Mr 12:26; Mt 12:3-5 / Mr 2:25 / Lc 6:3; Mt 19:4; Mt 21:16)

Entre las reprimendas de Jesús se encuentran afirmaciones como:

  • ¿Nunca leísteis en las Escrituras…?” (Mt 21:42)
  • ¿Ni aun esta Escritura habéis leído…?” (Mr 12:10)
  • Estáis equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios” (Mt 22:29)
  • ¿no habéis leído en el libro de Moisés…?” (Mr 12:26)
  • ¿No habéis leído lo que hizo David…?” (Mt 12:3; Mr 2:25; Lc 6:3)
  • ¿No habéis leído que Aquel que los creó, desde el principio…?” (Mt 19:4)
  • Y Jesús les respondió: Sí, ¿nunca habéis leído: ‘De la boca de los pequeños y de los niños de pecho te has preparado alabanza’?” (Mt 21:16)

Aunque había muchas fuentes a las que podría haber recurrido (incluidos los filósofos metafísicos), Jesús se remitía continuamente a la Palabra de Dios para corregir la deficiente teología de sus acusadores.

Jesús reprendió a Satanás apelando a la autoridad de las Escrituras interpretadas correctamente (Mt 4:5-6; Lc 4:9-11)

  • Pero Él respondiendo, dijo: Escrito está: ‘No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’. Entonces el diablo le llevó a la ciudad santa, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, lánzate abajo, pues escrito está: ‘A sus Ángeles te encomendará’, y: ‘En las manos te llevarán, no sea que tu pie tropiece en piedra’.” (Mt 4:4-6)

En todos estos ejemplos —y hay otros procedentes de los ministerios de los profetas y los apóstoles— vemos mis cuatro premisas:

  • Autoridad: las Escrituras tienen autoridad sobre todas las fuentes secundarias y por encima de ellas.
  • Claridad: podemos comprender lo que enseña la Biblia y sacar provecho de ello.
  • Suficiencia: la Escritura por sí sola es suficiente, aunque otras fuentes pueden ayudarnos a comprenderla mejor.
  • Iluminación: Las Escrituras solo pueden entenderse correctamente con la ayuda del Espíritu Santo.

 

El proceso

Establecer unas bases (Introducción, Lenguas, Hermenéutica)

Este punto de partida es necesario porque partimos de la base de que la Biblia es nuestra fuente última de verdad. Por lo tanto, debemos determinar “qué es la Escritura” abordando cuestiones sobre variantes textuales, lecturas alternativas del texto y otros temas relacionados. Este paso también nos ayudará a establecer datos básicos sobre el texto, el autor, el público destinatario, la fecha y otros retos que puedan surgir al estudiar los libros bíblicos. Una buena Biblia de estudio suele incluir un breve resumen de estos aspectos para ayudar a sentar las bases de cada libro de la Biblia.

También tendremos que seguir las normas establecidas de la hermenéutica para evitar introducir nuestros propios prejuicios y significados que no se deriven del texto. Si realmente queremos escuchar a Dios a través de su Palabra, debemos comprometernos a comprender la intención del autor original para el público al que se dirigía, así como el contexto cultural, el género, los contextos cercanos y lejanos, la historia y la gramática del texto. A esto se suele denominar interpretación literal o normativa de las Escrituras, también conocida como hermenéutica histórico-gramatical o, tal y como la ha descrito Mark Snoeberger, “el método originalista de hermenéutica”.

Como biblicistas, estamos tan comprometidos con la intención del autor que insistimos en que toda la Escritura se interprete siguiendo estas reglas. Es posible que algunos de nuestros hermanos conservadores estén de acuerdo con nosotros hasta este punto, pero luego cambian las reglas del juego cuando se trata de pasajes de la Biblia que hacen referencia a las promesas de Dios a Israel y a acontecimientos futuros. Recuerdo cuando mis hermanos solían cambiar las reglas del juego cuando iban perdiendo. ¡Pero en mi casa a eso lo llamábamos hacer trampa! No se pueden cambiar las reglas cuando no te gusta el resultado o cuando no encaja en tu marco teológico preconcebido.

Creemos que la Palabra de Dios para la humanidad es verdadera y que Él ha decidido utilizar medios de comunicación comunes para dirigirse a nosotros. No necesitamos ningún código bíblico especial ni cambiar repetidamente nuestra metodología hermenéutica hasta conseguir los resultados deseados. Queremos escuchar lo que Dios quiere que escuchemos.

Por eso, el Consejo Internacional sobre la Inerrancia Bíblica (ICBI) no solo se propuso combatir la idea de que la Biblia contiene errores, sino que también continuó su labor para definir y defender con mayor profundidad la hermenéutica bíblica como literal, gramatical e histórica. La doctrina de la inerrancia nos exige interpretar las Escrituras de forma literal y coherente. Si creemos que la Biblia es la Palabra de Dios para nosotros, entonces queremos interpretarla correctamente.

La práctica de la exégesis

La exégesis es la aplicación de las normas de la hermenéutica. En la exégesis, intentamos comprender el significado que el autor ha querido transmitir a través de las convenciones lingüísticas habituales, teniendo en cuenta los datos gramaticales e históricos. El texto se lee de forma normativa, aplicando las normas de la hermenéutica tal y como lo haríamos con otras formas de literatura.

Este proceso exegético tiene como objetivo evitar imponer ideas, tradiciones, construcciones teológicas o razonamientos humanos en el proceso exegético, garantizando así que el resultado esté lo más libre posible de influencias externas. Esto es lo contrario de los métodos descritos por Dulles en su lista de diez enfoques hermenéuticos.

La exégesis es tanto una ciencia como un arte. La parte científica consiste en la aplicación de las reglas de la hermenéutica. La parte artística no es la creatividad en el sentido en que la entendemos cuando pensamos en el arte. Se trata del aspecto que consiste en aplicar los principios hermenéuticos de manera que nos ayuden a determinar el significado del texto con mayor precisión.

 

Teología derivada de la exégesis bíblica (primero bíblica, luego sistemática)

Esto nos lleva de vuelta al punto de partida, a la historia con la que empecé sobre cómo Gabriel aprendió teología sin que yo citara Teología sistemática de Norm Geisler ni ningún credo o confesión histórica. Cuando aplicamos las reglas de la hermenéutica a través del análisis exegético en la iglesia, el resultado es una exposición bíblica. Versículo a versículo, precepto tras precepto, se enseña la Biblia. Recorrer los libros de la Biblia de esta manera proporciona a la iglesia una idea de la intención del autor, el contexto, la gramática y la historia. Cuando se sientan las bases y se examinan las Escrituras para descubrir la interpretación del mensaje que Dios dio a su pueblo, podemos entonces aplicar ese mensaje a nuestras congregaciones locales.

El proceso exegético nos permite, a continuación, construir una teología bíblica: una comprensión del desarrollo de las principales doctrinas a lo largo de la historia. La teología bíblica es la que mejor ilustra la progresión de la revelación especial tal y como se presenta en la Palabra de Dios. Cuando estudiamos un libro en su contexto histórico, vemos cómo las verdades se van revelando a lo largo del tiempo y de la historia, tal y como Dios las reveló a los autores humanos inspirados por el Espíritu.

A medida que estudiamos la obra de esos autores, llegamos a comprender mejor su lenguaje, sus matices teológicos y sus temas. Pero eso no es todo. Dado que la teología bíblica se basa no solo en el desarrollo de las doctrinas dentro de un libro o autor concreto, sino también en el contexto más amplio de las Escrituras, sirve de base para la teología sistemática.

La teología sistemática da un paso más al clasificar lo que dice toda la Escritura sobre las principales categorías del pensamiento teológico. Para garantizar que estas categorías se basen en una interpretación correcta, necesitamos la teología bíblica, que se fundamenta en el estudio exegético de cada uno de los libros dentro de sus propios contextos. ¿Por qué es esto importante? Porque gran parte de la confusión se debe a que no se reconoce la importancia de este orden de operaciones.

Cuando se afirma que la teología sistemática —fruto de la exégesis bíblica y la teología bíblica— es necesaria para interpretar un texto bíblico, podemos comprender cómo puede surgir la confusión. Como ha escrito Mike Vlach, aplicamos el principio de la “prioridad del pasaje”,[2] lo que significa que determinamos el significado de un pasaje a partir de la información que se encuentra en él. No introducimos otros significados en nuestro estudio, ya sean conclusiones teológicas, la denominada prioridad testamentaria del Nuevo Testamento o incluso otros pasajes en contextos diferentes.

 

Conclusión

Al fin y al cabo, nuestra tarea no consiste en reinventar la teología incorporando autoridades o filosofías ajenas, ni en tergiversar el texto hasta que se ajuste a nuestros sistemas. Nuestra vocación es someternos por completo a la Palabra de Dios, confiando en su autoridad, su claridad, su suficiencia y la iluminación del Espíritu.

Para que la Iglesia siga siendo fiel, debemos construir la teología tal y como nos lo enseñaron los profetas, los apóstoles e incluso nuestro Señor mismo: recurriendo a las Escrituras como autoridad definitiva y vinculante. La teología bíblica surge de la exégesis, la teología sistemática surge de la teología bíblica, y nuestra predicación y nuestra vida deben brotar de este fundamento.

Esto es lo que significa ser un auténtico biblicista: no menospreciar los dones de los maestros a lo largo de la historia, pero negarse a permitir que ningún hombre, credo o tradición comparta el trono que pertenece exclusivamente a las Escrituras.

Ojalá, al igual que Esdras, dediquemos nuestro “corazón a estudiar la ley del Señor, y a practicarla, y a enseñar sus estatutos y ordenanzas” (Esdras 7:10). Y ojalá esta convicción marque tanto nuestra teología como nuestros ministerios hasta que Cristo vuelva.

 


NOTAS

[1] Mary M. Veeneman, Introducing Theological Method: A Survey of Contemporary Theologians and Approaches, (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2017), 19.

[2] Michael J. Vlach, Dispensational Hermeneutics (Theological Studies Press, 2023), 35-39.

[N. del E.: todos los pasajes bíblicos de este artículo fueron tomados de La Biblia de las Américas (LBLA)]

Copyright VOICE Magazine, utilizado con autorización.

Edición: Marzo/Abril 2026.