Scroll Top

Oración y la voluntad de Dios

Por Dan Fredericks

Director ejecutivo de UIM International. Licenciatura de Western Bible College; maestría de Southern California Seminary.

La oración es el sustento vital del creyente en este lado del cielo. La oración es nuestra fuente de paz y consuelo, así como nuestro apoyo en las luchas y los conflictos espirituales. La oración es el lugar donde buscamos y discernimos la voluntad de Dios. Las oraciones del pueblo de Dios llenan las Escrituras,[1] tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, a lo largo de la historia se han escrito numerosos libros sobre la importancia de la oración.[2] Afirmaciones como “Poca oración, poco poder; mucha oración, mucho poder”[3] han animado al pueblo de Dios a orar.

La oración tiene su mayor impacto en la vida y el ministerio precisamente en los momentos en que nos vemos sometidos a las mayores presiones de ambos ámbitos. La oración y la voluntad de Dios encuentran su definición y su manifestación en la vida y el ministerio de nuestro Señor. Aunque a primera vista esto pueda parecer demasiado obvio, profundizar en la exhortación y el ejemplo de nuestro Señor con respecto a la oración y la voluntad de Dios resulta beneficioso, y ciertamente esencial, para nuestra vida y nuestro ministerio.

Al reflexionar sobre el importante tema de la oración y la voluntad de Dios, hay dos aspectos del ministerio de nuestro Señor que merecen nuestra atención. El primero tiene que ver con las enseñanzas correctivas e instructivas de nuestro Señor sobre la oración. Hay que resistirse a la oración que surge de un ritualismo carnal y farisaico o de palabras vanas sin sinceridad de corazón. Santiago advierte contra tales abusos en la oración,[4] tal y como nuestro Señor advirtió a quienes le escuchaban.

Jesús nos enseñó a orar con sinceridad personal y dependencia. La frase clave, “Venga tu reino. Hágase tu voluntad”, es un componente esencial de nuestra práctica de la oración. Sin embargo, a un nivel más profundo, intenso y significativo, el Señor nos muestra cómo orar según la voluntad de Dios. Esto se ve por primera vez en Juan 17, conocido como la oración sacerdotal. Aún más impactante es el relato de nuestro Señor en el “lagar” de la oración, también conocido como Getsemaní (Getsemaní significa “lagar”).

En resumen, en el Sermón del Monte, Jesús nos enseña a orar en cuanto al contenido y a una actitud humilde (Mt 6:1-18; 7:7-10; Lc 11:1-13). En la oración de Getsemaní, Jesús nos muestra cómo orar en obediencia sumisa a la voluntad de Dios (Mt 26:36-46; Mr 14:32-42; Lc 22:40-46). La oración y la voluntad de Dios se definen y se muestran mejor en el relato de la oración de nuestro Señor en el “lagar” de Getsemaní, Su crisol ante el Padre.

 

La agonía de Cristo en la oración y la voluntad de Dios

En el contexto de esta oración en el “lagar”, teniendo en cuenta el contexto más amplio e inmediato, podemos percibir una presión cada vez mayor sobre la vida de nuestro Señor. La “última semana” del ministerio terrenal de nuestro Señor estuvo llena de conflictos. Tras haber pronunciado el discurso del Monte de los Olivos (que incluía la exhortación a “velar y orar”[5]), surgieron oposición y conflictos, entre los que se incluyen las conspiraciones de los saduceos, los fariseos y los herodianos; el plan de Judas para traicionar a Cristo; e incluso conflictos entre los discípulos.[6] Es en el contexto del aposento alto preparado para la celebración de la Pascua cuando Jesús revela que hay un traidor entre ellos y le recuerda a Pedro sus futuras negaciones. En este contexto, nuestro Señor instituye “la Cena del Señor”. [7]

Por si esta presión externa no fuera suficiente, también surgió un conflicto interno en el corazón de nuestro Señor. En el contexto del discurso del aposento alto, en el que Cristo dedica Su tiempo a preparar y animar a Sus discípulos (los once); a hablar de Su inminente muerte, partida y regreso; de la provisión de Su presencia permanente en la persona del Espíritu Santo, y mediante todo ello a permanecer “en la Vid”, Él intercede ante el Padre en la oración sacerdotal,[8] solo para tener que confrontar una vez más a Pedro acerca de sus próximas negaciones.[9] Este es el marco y el contexto de la agonía de nuestro Señor en la oración y de la voluntad de Dios. Es aquí donde vemos a nuestro Señor demostrar el poder de la oración en sumisión a la voluntad de Dios.

Es aquí donde observamos la lucha humana del Señor y Su sumisión divina. No debemos concluir que se trataba de un conflicto en la carne tal y como lo experimentamos nosotros. Él, aunque sin pecado, luchó con la voluntad de Dios hasta el máximo grado imaginable. “Fue una expresión perfectamente normal de su humanidad que retrocediera ante la copa de la ira divina. Pero, aunque la copa le resultaba aborrecible, la tomó voluntariamente, porque era la voluntad del Padre”.[10]

 

La oración y la voluntad de Dios: el ejemplo de nuestro Señor

La oración de nuestro Señor ante el Padre puede describirse como pura agonía. Mateo afirma: “comenzó a entristecerse y a angustiarse”. Jesús dijo: “Mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte”. Esto es lo que revela el texto.[11] Lucas afirma claramente: “… en agonía” [agonia]. No podría ser más claro ni más conmovedor. La relación de Jesús con el Padre y, en menor medida, con Sus discípulos, no podría haber sido más intensa, pero nunca estuvo en peligro. Esto es importante y profundo. Su sumisión a la voluntad del Padre nunca estuvo en duda. Su amor sacrificial por Sus discípulos nunca disminuyó. Sin embargo, la batalla física y espiritual fue real, mucho más allá de nuestra comprensión, y se resolvió gloriosamente en el contexto de una oración dependiente y obediente.

Jesús oró, y de hecho suplicó: “¡Abba, Padre! Para ti todas las cosas son posibles”.[12] [13] “[S]i es tu voluntad, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.[14]

El texto del relato de Lucas dice: “Y estando en agonía, oraba con mucho fervor; y su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra”. El mejor comentario sobre este texto se encuentra en Hebreos 4:14-16 y 5:7-10. Se descubrió que Cristo era “uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado” y que, “en los días de su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía librarle de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente; y aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció”. A. T. Robertson señala que esto constituye una “excelente imagen de la actitud de Cristo hacia el Padre en la oración de Getsemaní y en todas sus oraciones. Jesús, en Getsemaní, rindió de inmediato su voluntad a la del Padre, quien escuchó su súplica y le permitió someterse a la voluntad del Padre”.[15]

Cristo amaba al Padre y era un Hijo obediente[16], y, como tal, en este relato se manifiestan plenamente tanto la humanidad perfecta como la deidad de Cristo. Cristo vivió para hacer la voluntad del Padre[17], y murió como aquel que cargó sobre Sí la ira y el pecado de la humanidad. Esta fue la copa de la que Cristo bebió plenamente, y todo ello se resolvió en oración y en la voluntad de Dios.

 

La oración y la voluntad de Dios: el ejemplo de los relatos bíblicos

Hay muchos ejemplos bíblicos a los que recurrir y que ilustran con vivacidad la dinámica de la vida espiritual en la oración y la voluntad de Dios. Citaré solo algunos. Pensemos en David, cuando luchó con Dios en relación con la vida y la muerte de su hijo recién nacido (2 S 12), o en los tres compañeros de Daniel en Babilonia, que se enfrentaron al horno ardiente (Dn 3), así como en el propio Daniel (Dn 6). En el Nuevo Testamento, pensemos en la restauración de Pedro ante el Señor y su plena sumisión final a la voluntad de Dios, tras un período de obstinada resistencia y debilidad carnal. Pensemos también en el apóstol Pablo, que abandonó su voluntad obstinada para someterse a la voluntad de Dios: “… ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí” (Gá 2:20; Fil 1:21; 3:7-11).

 

La oración y la voluntad de Dios: en nuestra vida diaria y en nuestro ministerio

En Cristo y a través de Cristo, Dios ha concedido al creyente, por gracia, las bendiciones espirituales en toda su plenitud (Ef 1:3 y ss.). Luchamos contra la voluntad obstinada de la carne[18] y obtenemos la victoria en Cristo por medio del Espíritu Santo.[19] Es gracias a la provisión de la presencia y el poder del Espíritu Santo que podemos orar conforme a la voluntad de Dios.[20] Nosotros también luchamos contra la carne, el mundo y Satanás, pero siempre contamos con todos los recursos de la provisión y protección divinas.[21]

Tenemos una voluntad obstinada que requiere disciplina hasta llegar a someterse a la voluntad de Dios. Pablo revela esto en 1 Corintios 9:24-27. En el contexto de un ministerio fiel, Pablo confiesa: “…sino que nos vimos atribulados por todos lados: por fuera, conflictos; por dentro, temores” (2 Co 7:4-5). Profundiza en ello en 2 Corintios 12. Estas son las circunstancias en las que buscamos al Señor mediante una oración confiada.

Al vivir nuestras vidas sacrificialmente, sometiéndonos a la voluntad de Dios, demostramos una vida de verdadera adoración, con plena fe en la voluntad perfecta de Dios.[22] Este es el poder de la oración y la voluntad de Dios. Es el descanso que encontramos al buscar y someternos a la voluntad de Dios con humilde obediencia y amor.

 

Consideraciones finales

Debemos poner en práctica fielmente “no se haga mi voluntad, sino la tuya” en todos los ámbitos de la vida. Reflexionemos sobre esto: “Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Ts 4:1-7); por la Palabra de Dios oramos conforme a la voluntad de Dios (Mt 26; Mr 14; Lc 22); por medio del Espíritu Santo oramos conforme a la voluntad de Dios (Ro 8:26-28); por medio de nuestro compasivo Sumo Sacerdote oramos conforme a la voluntad de Dios (He 4:14; 5:10); y mediante una vida de obediencia sacrificial oramos conforme a la voluntad perfecta de Dios (Ro 12:1-2).

La vida y el ministerio suelen ir acompañados por un crisol de pruebas y tribulaciones,[23] y debido a la naturaleza de la carne, nos volvemos vulnerables a diversas tentaciones. Jesús se lo declaró así a los discípulos: “Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”.[24] ¿A qué y a quién recurres en momentos así? ¿A la carne o al Espíritu? ¿Al Señor y a Sus recursos, o a fijarte en los fracasos de otros en tu vida? Debemos acudir al Padre y clamar: “¡Abba, Padre! …pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras”. “[P]ara que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto”.[25] “Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación…”.[26] En los momentos de desánimo, perplejidad y angustia del alma, velemos y oremos: ¡“pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras”!

El objetivo último de la oración y de la voluntad de Dios es la santificación. Hacemos bien en pensar en la oración y en la voluntad de Dios teniendo esto presente. Cristo “se santificó a Sí mismo” por nosotros. En nuestra oración debemos procurar que las palabras de Cristo resuenen en nuestro corazón: “pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras”; y, como discípulos Suyos, hacer caso a su advertencia: “Velad y orad para que no entréis en tentación” (Mr 13:28-37; 14:32-42; Lc 22:40-46). Esta es la agonía y la gloria de la oración y la voluntad de Dios.

“Oh, Señor, me aferro a ti; veo, creo y vivo cuando se hace Tu voluntad, y no la mía; no puedo alegar nada en mí mismo en cuanto a mérito o gracia, en cuanto a Tu providencia y Tus promesas, sino solamente Tu beneplácito. Así esperaré tu voluntad, oraré para que se haga y, por Tu gracia, llegaré a ser plenamente obediente”.[27]

 


NOTAS:

[1] Ver, por ejemplo, All the Prayers of the Bible, de Herbert Lockyer.

[2] Ver obras como las de E. M. Bounds y muchos otros.

[3] Atribuido a E. M. Bounds; Peter Deyneka, Much Prayer, Much Power (Slavic Gospel Association, 1999).

[4] Stg 4:1-10.

[5] Mt 24:32-51; Mr 13:28-37; Lc 21:29-36.

[6] Lc 22:24-30.

[7] Mt 26:26-29; Mr 14:22-25; Lc 22:17-20; 1 Co 11:24-25.

[8] Jn 17.

[9] Mt 26:30-35; Mr 14:26-31; Lc 22:39; Jn 18:1a.

[10] John MacArthur, One Perfect Life (Nashville, TN: Thomas Nelson Publishers, 2012).

[11] Cf. Mt 26:36-46; Mr 32-42; Lc 22:40-46.

[12] Mr 14:32-42.

[13] La copa de la ira de Dios – Is 53:10-11; 2 Co 5:21

[14] Lc 22:40-46.

[15] A. T. Robertson, Word Pictures of the New Testament (BibleWorks5, 2001).

[16] Jn 17:22-24.

[17] Jn 4:34; 5:30; 15:10.

[18] Ro 7.

[19] Ro 8.

[20] Ro 8:26-27.

[21] Ef 6:10-20; Gá 5; 2 Co 10:1-6; 1 Co 1-3.

[22] Ro 12:1-2.

[23] Stg 1.

[24] Mr 14:32-42.

[25] Ro 12:1-2.

[26] 1 Ts 4:3-6.

[27] Arthur Bennett, Ed., The Valley of Vision (Carlisle, PA: The Banner of Truth Trust, 1975, 1995).

[N. del E.: todos los pasajes bíblicos de este artículo fueron tomados de La Biblia de las Américas (LBLA)]

Copyright VOICE Magazine, utilizado con autorización.

Edición: Enero/Febrero 2021.