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La oración abarca al hombre entero

Por Edward McKendree Bounds (1835-1913)

Escritor, abogado y miembro del clero de la Iglesia Metodista Episcopal del Sur. Es conocido sobre todo por haber escrito once libros, nueve de los cuales tratan sobre el tema de la oración.

La oración tiene que ver con el hombre entero. La oración abarca al hombre en todo su ser: mente, alma y cuerpo. Se necesita al hombre entero para orar, y la oración afecta al hombre entero en sus resultados de gracia. Así como la naturaleza entera del hombre entra en la oración, también todo lo que pertenece al hombre se beneficia de la oración. Todo el hombre recibe beneficios de la oración. Hay que entregarse por completo a Dios al orar. Los mayores resultados de la oración los obtiene aquel que se entrega a sí mismo, por completo, con todo lo que le pertenece, a Dios. Este es el secreto de la consagración plena, y esta es una condición de la oración eficaz, la clase de oración que produce los mayores frutos.

Los hombres de tiempos pasados que sobresalieron en la oración, que lograron las cosas más grandes, que movieron a Dios a hacer grandes cosas, fueron aquellos que se entregaban por completo a Dios en su oración. Dios quiere, y necesita, todo lo que hay en el hombre para responder a sus oraciones. Él necesita hombres de corazón íntegro a través de los cuales llevar a cabo Sus propósitos y planes concernientes a los hombres. Dios necesita al hombre en su totalidad. No hay lugar para hombres de doble ánimo. Ningún hombre vacilante puede ser usado. Ningún hombre cuya lealtad esté dividida entre Dios, el mundo y sí mismo puede hacer la oración que se necesita.

La santidad es integridad, y por eso Dios quiere hombres santos, hombres íntegros y sinceros, para Su servicio y para la labor de la oración. “Y que el mismo Dios de paz os santifique por completo; y que todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea preservado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo”. Este es el tipo de hombres que Dios quiere como líderes de las huestes de Israel, y de entre ellos se forma la clase de personas dedicadas a la oración.

El hombre es trino en uno, y, sin embargo, no es ni una trinidad ni una dualidad cuando ora, sino una unidad. El hombre es uno en todos los elementos esenciales, en todos los actos y en todas las actitudes de piedad. El alma, el espíritu y el cuerpo deben unirse en todo lo que atañe a la vida y a la piedad.[1]

El cuerpo, en primer lugar, participa en la oración, ya que adopta la postura propia de la oración. La postración del cuerpo es apropiada al orar, al igual que la postración del alma. La postura del cuerpo tiene gran importancia en la oración, aunque es cierto que el corazón puede ser altivo y enorgullecido, y la mente estar distraída y errante, y la oración puede ser una mera formalidad, incluso aunque las rodillas están dobladas en oración.

Daniel se arrodillaba tres veces al día para orar. Salomón se arrodilló en oración durante la dedicación del templo. Nuestro Señor, en Getsemaní, se postró en ese memorable momento de oración justo antes de ser traicionado. Cuando hay una oración sincera y fiel, el cuerpo siempre adopta la postura más adecuada al estado del alma en ese momento. El cuerpo, hasta cierto punto, se une al alma en la oración.

El hombre entero debe orar. Todo el hombre, la vida, el corazón, el temperamento, la mente, participa en ello. Cada parte y el conjunto de ellos se unen en el ejercicio de la oración. La duda, el doble ánimo y la división de los afectos son ajenos al carácter y la conducta en la intimidad; sin mancha, más blancos que la nieve, son potencias poderosas y constituyen la belleza más apropiada para la hora de la intimidad y para las luchas de la oración.

Un intelecto leal debe unirse y añadir la energía y el fuego de su fe indudable e indivisa a ese momento especial, la hora de la oración. Necesariamente, la mente se involucra en la oración. En primer lugar, se necesita pensar para orar. El intelecto nos enseña que debemos orar. Mediante una reflexión seria previa, la mente se prepara para acercarse al trono de la gracia. El pensamiento precede a la entrada en el lugar secreto y prepara el camino para una verdadera oración. Considera qué se pedirá durante la hora a solas. La verdadera oración no deja a la inspiración del momento cuáles serán las peticiones de esa hora. Puesto que orar es pedir algo definido a Dios, previamente surge el pensamiento: “¿Qué voy a pedir en esta hora?”. Todos los pensamientos vanos, malvados y frívolos son eliminados, y la mente se entrega por completo a Dios, pensando en Él, en lo que se necesita y en lo que se ha recibido en el pasado. En todos los sentidos, la oración, al abarcar al hombre entero, no deja fuera la mente. El primer paso de la oración es precisamente un paso mental. Los discípulos dieron ese primer paso cuando en cierta ocasión le dijeron a Jesús: “Señor, enséñanos a orar”. Debemos ser enseñados por medio del intelecto, y en la medida en que el intelecto se entregue a Dios en la oración, podremos aprender bien y con facilidad la lección de la oración.

Pablo extiende la naturaleza de la oración al hombre entero. Así debe ser. Se necesita al hombre entero para abrazar, con su compasión semejante a la de Dios, a toda la raza humana: los dolores, los pecados y la muerte de la raza caída de Adán. Se necesita al hombre entero para avanzar en sintonía con la voluntad elevada y sublime de Dios para salvar a la humanidad. Se necesita al hombre entero para permanecer junto a nuestro Señor Jesucristo como único Mediador entre Dios y el hombre pecador. Esta es la doctrina que Pablo enseña en su guía sobre la oración, en el segundo capítulo de su primera Epístola a Timoteo.

En ninguna parte se ve con tanta claridad que se requiere al hombre entero, en todos los aspectos de su ser, para orar, como en esta enseñanza de Pablo. Se necesita al hombre entero para orar hasta que todas las tormentas que agitan su alma se calmen en una gran calma, hasta que los vientos y las olas de la tormenta cesen como por un poder divino. Se necesita al hombre entero para orar hasta que los tiranos crueles y los gobernantes injustos sean transformados en su naturaleza y en su manera de vivir, así como en sus cualidades para gobernar, o hasta que dejen de gobernar. Se requiere al hombre entero en la oración hasta que los altos cargos jerárquicos, orgullosos y carentes de espiritualidad se vuelvan mansos, humildes y piadosos, hasta que la piedad y la seriedad gobiernen en la Iglesia y en el Estado, en el hogar y en los negocios, en la vida pública y también en la privada.

Orar es responsabilidad del hombre, y se necesitan hombres de carácter firme para hacerlo. Orar es una tarea piadosa, y se necesitan hombres piadosos para hacerla. Y son los hombres piadosos quienes se entregan por completo a la oración. La oración tiene un alcance enorme en su influencia y en sus efectos llenos de gracia. Es una tarea intensa y profunda que tiene que ver con Dios y Sus planes y propósitos, y se necesitan hombres de todo corazón para llevarla a cabo. Ningún esfuerzo a medias, de corazón dividido, de mente limitada o de espíritu débil servirá para esta tarea seria, de importancia celestial. Todo el corazón, toda la mente y todo el espíritu deben estar involucrados en la oración, que afecta poderosamente el carácter y el destino de los hombres.

La respuesta de Jesús al escriba acerca de cuál era el primero y más importante mandamiento fue la siguiente: “el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza”. En una palabra, el hombre entero, sin reservas, debe amar a Dios. Del mismo modo, se necesita ese mismo hombre entero para hacer la oración que Dios exige de los hombres. Todas las facultades del hombre deben participar en ella. Dios no puede tolerar un corazón dividido en el amor que exige de los hombres, ni tampoco puede aceptar a un hombre dividido en la oración.

En el salmo 119, el salmista enseña esta misma verdad con estas palabras: “¡Cuán bienaventurados son los que guardan sus testimonios, y con todo el corazón le buscan!”. Se necesitan hombres de corazón íntegro para guardar los mandamientos de Dios, y se requiere la misma clase de hombres para buscar a Dios. Estos son los que son llamados “bienaventurados”. Sobre estos hombres de corazón íntegro descansa la aprobación de Dios.[2]

Para hacer que el tema le resulte más cercano, el salmista hace esta declaración sobre su práctica: “Con todo mi corazón te he buscado; no dejes que me desvíe de tus mandamientos”. Y más adelante, al expresarnos su oración por un corazón sabio y entendido, nos revela sus propósitos respecto al cumplimiento de la ley de Dios: “Dame entendimiento para que guarde tu ley y la cumpla de todo corazón”. Así como se requiere un corazón entregado por completo a Dios para obedecer con gozo y plenamente los mandamientos de Dios, también se necesita un corazón entero para orar eficazmente.

Puesto que se necesita al hombre entero para orar, la oración no es una tarea fácil. Orar es mucho más que simplemente doblar las rodillas y pronunciar de memoria unas cuantas palabras.

“No basta con doblar la rodilla,

Y palabras de oración decir;

El corazón debe estar en sintonía con los labios,

O de otro modo no estamos orando”.

Orar no es un ejercicio ligero ni trivial. Aunque a los niños se les debe enseñar a orar desde pequeños, orar no es una tarea propia de niños. La oración apela a toda la naturaleza del hombre. La oración involucra todas las facultades de la naturaleza moral y espiritual del hombre. Esto explica en cierta medida la oración de nuestro Señor descrita en Hebreos 5:7: “Cristo, en los días de su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía librarle de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente”.

Basta pensar por un momento para comprender cómo aquella oración de nuestro Señor exigió poderosamente todas las facultades de Su ser y puso en ejercicio cada parte de Su naturaleza. Esta es la oración que acerca el alma a Dios y que hace que Dios descienda a la tierra.

El cuerpo, el alma y el espíritu se ven sometidos a una dura prueba y se entregan por completo a la oración. David Brainerd dejó constancia de su oración de la siguiente manera: “Dios me permitió agonizar en oración hasta quedar empapado de sudor, aunque estaba a la sombra y en un lugar fresco”. El Hijo de Dios en Getsemaní se encontraba en una agonía de oración que envolvía todo Su ser: “Cuando llegó al lugar, les dijo: Orad para que no entréis en tentación. Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra, y poniéndose de rodillas, oraba, diciendo: Padre, si es tu voluntad, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Entonces se le apareció un ángel del cielo, fortaleciéndole. Y estando en agonía, oraba con mucho fervor; y su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra” (Lc 22:40-44). Aquí había una oración que abarcaba todas las facetas de la naturaleza de nuestro Señor, que movilizaba todas las facultades de su alma, su mente y su cuerpo. Era una oración que abarcaba al hombre entero.

Pablo conocía esta clase de oración. Al escribir a los cristianos de Roma, los exhorta a orar con él de esta manera: “Os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que os esforcéis juntamente conmigo en vuestras oraciones a Dios por mí”. Las palabras “esforcéis juntamente conmigo” revelan cómo oraba Pablo y cuánto se entregaba a ello. No se trata de una petición dócil ni de algo pequeño: esta clase de oración, este “esforzarse conmigo”, tiene la naturaleza de una gran batalla, de un conflicto que hay que ganar, de una gran batalla que debe librarse. El cristiano que ora, al igual que el soldado, libra una lucha a vida o muerte. Su honor, su inmortalidad y su vida eterna están en juego. Esta es la oración que se asemeja al esfuerzo del atleta que lucha por alcanzar la victoria y la corona, que lucha o corre una carrera. Todo depende de la fuerza que ponga en ello. La energía, el ardor, la rapidez, todas las facultades de su naturaleza participan en ello. Cada facultad se aviva y se esfuerza hasta el límite máximo. La pequeñez, la falta de entrega, la debilidad y la pereza están completamente ausentes

Del mismo modo que se necesita al hombre entero para orar eficazmente, también es el hombre entero quien recibe los beneficios de esa oración. Así como cada parte del complejo ser del hombre participa en una verdadera oración, cada parte de esa misma naturaleza recibe bendiciones de Dios en respuesta a esa oración. Esta clase de oración involucra un corazón indiviso, nuestro pleno consentimiento a pertenecer al Señor y todos nuestros deseos.

Dios se asegura de que cuando el hombre entero ora, a su vez, el hombre entero sea bendecido. Su cuerpo recibe los beneficios de la oración, pues muchas oraciones se hacen específicamente por el cuerpo. El alimento y el vestido, la salud y el vigor corporal, vienen como respuesta a la oración. De la oración provienen también una actividad mental clara, pensamientos correctos, un entendimiento iluminado y facultades de razonamiento seguras. La guía divina significa que Dios mueve e inspira la mente de tal manera que podamos tomar decisiones sabias y seguras. “Dirige a los humildes en la justicia”.

Muchos predicadores que oran han recibido gran ayuda precisamente en este punto. La unción del Santo que viene sobre el predicador vigoriza la mente, libera el pensamiento y facilita la expresión. Esta es la explicación de aquellos tiempos pasados en los que hombres de educación muy limitada tenían una libertad tan maravillosa del Espíritu al orar y predicar. Sus pensamientos fluían como una corriente de agua. Todo su aparato intelectual sentía el impulso de las influencias de gracia del Espíritu Divino.

Y, por supuesto, el alma obtiene grandes beneficios de esta clase de oración. Miles de personas pueden dar testimonio de ello. Por eso, repetimos que, del mismo modo que el hombre entero interviene en la oración verdadera, sincera y eficaz, también el hombre entero, alma, mente y cuerpo, recibe los beneficios de la oración.[3]

 


NOTAS

[1] Existe desacuerdo entre los teólogos cristianos en cuanto a la composición del ser humano: si está formado por dos partes (dicotomía) o por tres (tricotomía). El objetivo de este artículo no es defender el punto de vista tricotomista, sino más bien hacer hincapié en la necesidad de que la oración sea un acto de toda la persona. –Ed.

[2] Aunque Bounds no menciona aquí la realidad de la necesidad de tener fe en Cristo y en Su obra consumada en la cruz, hay que señalar que nadie puede cumplir la Ley de Dios ni ser un guardador “de todo corazón” de esa Ley por sí mismo. Cristo cumplió la Ley y solo a través de Cristo encontramos nuestra justificación ante Dios. —Ed.

[3] Tomado de Edward Bounds, Complete Works of E. M. Bounds on Prayer: Eight Volumes (WORDsearch, 2013).

[N. del E.: todos los pasajes bíblicos de este artículo fueron tomados de La Biblia de las Américas (LBLA)]

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Edición: Enero/Febrero 2021.