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El poder de Dios y la oración

Por Dr. Richard Bargas

Director Ejecutivo de IFCA International, Editor de VOICE Magazine.

La naturaleza pecaminosa del hombre requiere el poder de Dios para vencer nuestra naturaleza, llevándonos a Cristo y liberándonos de nuestros pecados, sacándonos del reino de las tinieblas y colocándonos en el reino de Dios, adoptándonos como hijos de Dios y coherederos con Cristo, estableciendo tanto nuestra capacidad para presentarnos ante el trono justo de Dios Todopoderoso como nuestro derecho a hacerlo en virtud de la justicia perfecta de Cristo que se nos imputa. Nuestras oraciones son escuchadas y respondidas únicamente sobre esta base de Cristo, ya que Dios ha abierto las puertas del cielo y, en virtud de la cruz de Jesús, nos ha acogido en Él.

La oración es un gran privilegio para el cristiano. Es una triste realidad que muchos de nosotros no aprovechemos con más frecuencia y durante períodos más prolongados este gran honor de presentarnos ante el Señor en humilde adoración. Como escribió Calvino: “Conocer a Dios como el soberano dispensador de todo bien, que nos invita a presentarle nuestras peticiones, y, sin embargo, no acercarnos a él ni pedirle nada, no solo no nos beneficia en absoluto, sino que es como si alguien, al enterarse de la existencia de un tesoro, permitiera que permaneciera enterrado en la tierra”.[1]

Para recordarnos una vez más este “tesoro escondido” que se nos ha invitado a desenterrar, me gustaría repasar cuatro tipos de oración de los que se habla con frecuencia en las Escrituras: 1) adoración; 2) acción de gracias; 3) confesión; y 4) súplica y petición. En ocasiones agruparé algunos de ellos para mostrar sus similitudes y las formas en que se solapan algunos de estos tipos de oración.

 

Oraciones de adoración y acción de gracias

Los dos primeros tipos de oración son oraciones de respuesta. Cuando oramos con acción de gracias y adoración, estamos respondiendo a los actos de Dios que reflejan Su poder para redimir, proveer, crear y sostener.

En Éxodo 15, en lo que se conoce como el Cántico de Moisés, encontramos un ejemplo de oración de adoración y alabanza. En este hermoso capítulo de poesía hebrea, Moisés guió al pueblo de Israel en un cántico que ensalzaba al Señor por haber salvado a Su pueblo de la esclavitud mediante las plagas y la separación del Mar Rojo.

Fue en estos poderosos actos de salvación donde el Señor demostró ser todopoderoso e invencible, incluso cuando se enfrentó a Egipto, la mayor potencia de la tierra en aquella época. “¿Quién como tú entre los dioses, oh Señor? ¿Quién como tú, majestuoso en santidad, temible en las alabanzas, haciendo maravillas? Extendiste tu diestra, los tragó la tierra” (Éx 15:11-12).

Al establecer esta comparación entre Yahvé y todos los demás dioses, Moisés demostró la singularidad de Dios y Su dignidad para ser venerado y adorado.

Aunque hay muchas oraciones de acción de gracias excelentes que se pueden analizar, el Salmo 138 de David es uno de los favoritos de muchos. En este salmo, David escribió sobre su adoración y exaltación del Señor, no solo por lo que el Señor había hecho por él, sino que también da gracias por quién es Dios. Es una práctica natural y habitual entre muchos cristianos dar gracias al Señor por las bendiciones que han recibido personalmente de Dios, pero David demostró en este salmo la necesidad de que el pueblo de Dios dé gracias a Dios simplemente por ser quien es.

Estos dos tipos de oración deberían llevarnos a preguntarnos si, en nuestra vida, Dios nos ha mostrado o no Su gran poder, ya sea a través de la salvación, la provisión, la guía, el cuidado providencial, la sanación o de alguna otra forma. Si así ha sido, entonces deberíamos preguntarnos: ¿refleja esto nuestra vida de oración?

 

Oraciones de confesión

Quizás se deba a la práctica no bíblica del sistema católico romano que a algunos cristianos les resulte desagradable la idea de la confesión, pero nunca debemos olvidar que la confesión es un concepto bíblico y debe practicarse como parte de nuestro tiempo de oración al Señor.

La confesión se realiza con la convicción de que tenemos un Dios omnisciente que conoce nuestro pecado, y estamos de acuerdo con Él en que hemos transgredido Su ley (Pr 5:21; Sal 51:3). Puesto que el Señor ya conoce los recovecos más profundos y ocultos de nuestro corazón, nos engañamos a nosotros mismos cuando dejamos de confesar en nuestros momentos de oración. Somos como un niño pequeño que cree que, cuando se tapa los ojos, nadie más puede verlo. Pero Dios lo ve.

La confesión también reconoce que hemos pecado contra nuestro santo Dios, que no puede tolerar el pecado y es justo al castigar nuestra iniquidad (Sal 51:4, 11). Aunque los cristianos deben recordar siempre que no hay condenación para quienes están en Cristo Jesús (Ro 8:1), esto no nos da licencia para pecar. En Romanos 6:1-2, el apóstol Pablo escribió: “¿Qué diremos, entonces? ¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde? ¡De ningún modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Ro 6:1-2). Cuando vivimos y oramos como si estuviéramos en presencia de un Dios santo, también reconoceremos la necesidad de saldar rápidamente nuestras cuentas con Él y de acudir con frecuencia a nuestro Padre celestial para que nos lave de nuevo de nuestros pecados. No necesitaremos una purificación total, pero, al caminar por este mundo impuro, necesitaremos que el Señor nos lave los pies periódicamente (Jn 13:10).

La confesión también nos recuerda que tenemos un Dios misericordioso capaz de borrar la oscura mancha del pecado mediante la sangre de la muerte sustitutiva de Cristo en la cruz (Sal 51:7-10). En Apocalipsis 12:10, se llama a Satanás “el acusador de nuestros hermanos” debido al placer que le produce presentar nuestro pecado ante el Padre. Al igual que David permitió que su adulterio y su asesinato mancillaran su alma, el remordimiento y la culpa le carcomían el cuerpo y el alma (Sal 32:3-4). Satanás, como un león al acecho, busca a quienes sufren heridas autoinfligidas y se complace en susurrar su mentira de que Dios nunca perdonaría tal pecado. Sus mentiras, unidas a nuestra propia conciencia culpable, invitan a la duda y comienzan a carcomer nuestra fe. Pero la confesión nos recuerda que nuestro Dios es misericordioso. Su poder purificador lava las manchas más profundas de la culpa carmesí hasta que no queda rastro alguno. Las oraciones de confesión ponen nuestra fe en acción al clamar a Dios para que perdone y purifique, depositando nuestra confianza en la obra consumada de Cristo.

Hay personas, incluso cristianas, que viven con la terrible carga de los pecados del pasado que creen que no han sido perdonados y que son imperdonables, incluso para Dios. Primera de Corintios 6:9-11 es la esperanza de Cristo y el poder de Dios manifestado ante los peores pecadores. Dice así: “¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios.  Y esto erais algunos de vosotros; pero fuisteis lavados, pero fuisteis santificados, pero fuisteis justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios”. Si luchas con los pecados del pasado, ¡deja de fijarte en tu pecado y fija tu mirada en Cristo! Él ha prometido lavar tus pecados y hacer que tu corazón sea blanco como la nieve (Is 1:18).

 

Oraciones de súplica y petición

Las súplicas y peticiones pueden clasificarse, a grandes rasgos, en dos categorías: las necesidades de oración personales (por uno mismo y por los demás) y la oración por la obra y el progreso de la Iglesia. Entre los ejemplos bíblicos de oraciones de petición por necesidades se incluyen las relacionadas con el alimento (Mt 6:11), la sanación y las pruebas (2 Co 12:7), el alivio de la persecución (Hch 12:6-19), el dolor y el sufrimiento (muchos salmos, las oraciones de Job) y la sabiduría (Stg 1:5).

En las Escrituras se pueden encontrar en diversos pasajes oraciones por la labor y el progreso de la Iglesia, por ejemplo, para que se abran puertas de oportunidad (Col 4:3), para recibir fortaleza en tiempos de persecución (Hch 4:29) y para tener valentía ante la oposición (Hch 4:29).

Si alguna vez te has encontrado en una situación en la que has orado por una necesidad propia o ajena, y te parece que no recibes respuesta de Dios, puedes entender por qué la gente puede mostrarse reacia a dedicar tiempo a orar, cuando parecería mejor simplemente salir y hacer todo lo posible por conseguirlo por uno mismo. Para superar esta sensación de que Dios no escucha ni responde a nuestras oraciones de petición y súplica, sería útil responder a las preguntas: “¿Puede Él responder? ¿Y responderá?”.

En primer lugar, consideremos las palabras del propio Jesús: “Y Jesús respondió, diciéndoles: Tened fe en Dios. En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: ‘Quítate y arrójate al mar’, y no dude en su corazón, sino crea que lo que dice va a suceder, le será concedido. Por eso os digo que todas las cosas por las que oréis y pidáis, creed que ya las habéis recibido, y os serán concedidas” (Mr 11:22-24). De nuevo, en Marcos 9:23, cuando un hombre le pidió a Jesús que sanara a su hijo, pero no tenía mucha fe: “Jesús le dijo: ‘¿Cómo si tú puedes?’. Todas las cosas son posibles para el que cree”. ¿Utilizamos la frase “si el Señor quiere” como excusa para nuestra falta de fe y nuestra renuencia a acudir a Dios en oración con plena dependencia? ¿Hemos justificado nuestra falta de oración culpando a Dios de no estar dispuesto a actuar, cuando en realidad a menudo no pedimos? Recordemos lo que dice Santiago, a veces no tenemos porque no pedimos (Stg 4:2).

Además, reflexiona sobre estos versículos: “Y sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe, y que es remunerador de los que le buscan” (He 11:6). “Y todo lo que pidáis en oración, creyendo, lo recibiréis” (Mt 21:22). No estoy defendiendo una concepción de la oración basada en la “Palabra de Fe” o en el principio de “Decláralo y Reclámalo”. Simplemente digo que la oración requiere que dependamos de Dios, tanto como Israel dependía de Él en el desierto para obtener su pan y agua diarios. Y como la mayoría de nosotros no pensamos así, ya que tenemos pan y agua en abundancia, de alguna manera creemos que recurrir a Dios solo es necesario cuando no hemos logrado conseguir lo que queremos con nuestras propias fuerzas y poder. Tenemos que ver que la oración está directamente relacionada con la fe y la dependencia.

Una vez más, Santiago nos recuerda esto y cómo el profeta Elías era poderoso en la oración, pero no porque fuera otra cosa que un hombre corriente como todos nosotros. “Elías era un hombre de pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviera, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia y la tierra produjo su fruto” (Stg 5:17-18). Elías era diferente. Pero la diferencia no estaba en él mismo. Estaba en su fervor y en su fe. Él oró y Dios respondió.

¿Te hacen estos versículos imaginar lo que Dios podría hacer? ¿Te aceleran el corazón? ¿O te encuentras dudando, pensando que la oración nunca te funciona, como si fueras diferente? ¡El poder de tus oraciones no tiene tanto que ver con quién eres tú, sino con quién crees que es Dios!

Una de mis citas favoritas de E. M. Bounds sobre la oración ilustra a la perfección nuestra necesidad de orar. Escribe: “Lo que la iglesia necesita hoy día, no es maquinaria más abundante o perfeccionada, ni nuevas organizaciones ni métodos más modernos, sino hombres que puedan ser usados por el Espíritu Santo: hombres de oración, poderosos en la oración. El Espíritu Santo no pasa a través de métodos sino de hombres. No desciende sobre la maquinaria, sino sobre los hombres. No unge a los planes sino a los hombres: los hombres de oración”.[2]

Necesitamos más hombres y mujeres de Dios que sean personas de oración profunda, centrada en Dios y poderosa. Que nos sintamos animados a entrar con valentía en la sala del trono del Dios Altísimo para elevar oraciones de todo tipo al Dios que puede responder a Su pueblo y que, de hecho, lo hace.

 


NOTAS

[1] John Calvin y Henry Beveridge, Institutes of the Christian Religion, vol. 2 (Edinburgh: The Calvin Translation Society, 1845), 451.

[2] E. M. Bounds, La oración, Fuente de poder (Barcelona, España: Ediciones Evangélicas Europeas, 1972), 14.

[N. del E.: todos los pasajes bíblicos de este artículo fueron tomados de La Biblia de las Américas (LBLA)]

Copyright VOICE Magazine, utilizado con autorización.

Edición: Enero/Febrero 2021.