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En tiempos de crisis, Dios nos enseña

Por Chris Lofquist

Pastor en New Hope Bible Church, York, Pensilvania. Graduado de Word of Life Bible Institute, Grace College; MMin de Lancaster Bible College | Capital Seminary.

Solo puedo pensar en una jugada de fútbol americano que tenga un nombre claramente religioso. La vi desarrollarse ante mis ojos como aficionado de los Minnesota Vikings, ansioso y angustiado, allá por 2013. Los Vikings iban un punto por detrás, el reloj marcaba los últimos segundos del partido y la línea de anotación estaba todavía a muchas yardas de distancia. Los Vikings hicieron correr a todos los receptores hacia la zona de anotación con diferentes rutas que cubrían casi todas las zonas de la misma. Mientras veía cómo mi mariscal de campo eludía a los defensores que intentaban derribarlo, lanzó el balón hacia la zona de anotación y mi cuerpo quedó completamente inmóvil. Observé cómo el balón volaba en espiral por encima de los defensores hasta el fondo de la zona de anotación, donde un receptor poco conocido, recién llegado al equipo, atrapó el pase y mantuvo los pies dentro del campo. Levanté los puños al aire y me uní a la celebración mientras mi equipo ganaba el partido con una jugada conocida como “Ave María”. El origen de este nombre radica en que un pase lanzado en circunstancias tan desesperadas solo podía completarse con la ayuda de una intervención divina. A veces se dice que un mariscal de campo en esa situación “lanzó una oración”.

Lecciones sobre la oración

La oración es algo que generalmente asociamos con la desesperación. Vivimos la vida diciendo: “Dependeré de mis planes y de mis propios recursos”. Sin embargo, en un momento de crisis y desesperación, cuando se me ha acabado el tiempo y las oportunidades; cuando la fuerza y el ingenio humanos me han fallado y se han agotado todas las demás opciones, es entonces cuando “lanzo una oración”: le lanzo a Dios un “Ave María” y espero que Él me responda esta vez. John Ortberg, en su libro The Life You’ve Always Wanted (La vida que siempre has querido), señala: “La gente desesperada ora. Ora sin pensarlo; ora incluso aunque no esté segura de a quién es al que se está dirigiendo en su oración, o de que en realidad haya alguien escuchando. La gente escondida en madrigueras, ora. También ora la gente que pasa por un divorcio, tiene hijos que se han escapado de su casa, o recibe de un médico la noticia de que los resultados del examen de laboratorio indican que su tumor es maligno”.[1] Cuando uno llega al límite emocional, mental, físico y económico, solo entonces ora. El año 2020 fue precisamente ese momento de desesperación para muchas personas. Con el fervor de las elecciones apenas detrás de nosotros y la lucha continua contra una pandemia mundial que todavía afecta cada paso que damos, nos encontramos viviendo en un tiempo de desesperación. Cada uno de nosotros ha tenido que hacer ajustes difíciles y sacrificios únicos mientras guiamos a nuestras familias. A estas alturas, la mayoría de nosotros conocemos a alguien que ha sufrido el impacto de gran alcance de este virus y algunos de ustedes que leen este artículo han recorrido ustedes mismos el difícil camino de la enfermedad y la recuperación. Las familias han sido separadas, las escuelas han cerrado, la comunión entre los creyentes se ha reducido, las iglesias han tenido que funcionar de manera virtual y los negocios han cerrado. Y ante estas circunstancias desesperantes que enfrenta la mayoría de las familias en Estados Unidos, muchos han recurrido a la oración. Aunque la oración quizá solo haya brotado de los labios de la humanidad debido a circunstancias desesperadas, orar es precisamente en lo que debemos centrarnos. Esta es una de las mayores lecciones que, en mi opinión, Dios nos ha enseñado este año. Como suele hacer, Dios nos enseña las lecciones más importantes en tiempos de gran dificultad. Ver cómo nos despojaban de la actividad y el ajetreo del año anterior nos ha enseñado a tomarnos las cosas con calma; nos ha obligado a enfrentar las muchas cosas que habían ocupado el lugar de Dios en nuestras vidas y nos ha impulsado a ser los hombres y mujeres de oración que siempre debimos haber sido.

Santiago nos dice que “[l]a oración eficaz del justo puede lograr mucho” (Stg 5:16). Lo que nos está recordando es que el poder de Dios se manifiesta mediante las oraciones de Sus hijos. Pablo nos dice en 1 Tesalonicenses 5:17 “orad sin cesar”, lo cual es su forma de desafiarnos a tener una profunda conciencia de la presencia de Dios en cada momento de la vida, no solo en esos momentos de crisis. Si a esto le añadimos las palabras de Jesús que nos animan a “[p]edid…buscad…llamad…” (Mt 7:7), y comprendemos que Dios desea que acudamos a Él en todas las cosas y en todo momento. No solo cuando las cosas se ponen difíciles; no solo cuando la situación se complica; no solo en momentos de desesperación, sino que en todo momento y en todas las cosas debemos acudir a Dios en oración y hacerlo persistentemente. Este momento de aflicción y dificultad en el que nos encontramos es un recordatorio de que debemos dedicarnos a la oración. Cuando Jonás estaba en el vientre del gran pez, oró. Cuando Elías era perseguido por los ejércitos de la reina Jezabel, oró. Cuando Daniel estaba en el foso de los leones, oró. Dios, en su infinita sabiduría, nos ha proporcionado un testimonio tras otro de hombres y mujeres que clamaron a Él durante sus crisis personales en busca de ayuda, liberación, fortaleza, provisión y paz. Y en cada caso, Él les respondió. Moisés, al hablar con Josué, bajo la inspiración del Espíritu Santo, dijo: “Sed firmes y valientes…porque el Señor tu Dios es el que va contigo…no te dejará ni te desamparará; no temas ni te acobardes” (Dt 31:6-8). Estas son palabras por las que hay que regirse; y esta es una valiosa lección que Dios me está enseñando en este momento de dificultad. ¿Estamos llevando todas las cosas a Dios en oración? ¿A quién recurrimos cuando surgen las dificultades? ¿En los planes de quién confiamos? ¿Estamos guiando a nuestras familias hacia un lugar de oración y confianza en estos momentos? ¿Estamos llamando al pueblo de Dios a presentarse ante Él en oración? ¿Hemos aprendido esta lección que Dios sigue enseñándonos?

 

Lecciones sobre el culto en familia y el discipulado

El 16 de marzo de 2020 nos vimos inmersos en una situación sin precedentes cuando cerraron los colegios locales a los que asistían nuestros hijos. Poco después, las iglesias del estado de Pensilvania y el resto de los negocios “no esenciales” hicieron lo mismo. Una vida llena de actividad, ajetreo y ayuda se detuvo de golpe. De repente nos encontramos asumiendo los múltiples roles de educadores, matemáticos, historiadores y líderes espirituales dentro de nuestros hogares. Nos esforzábamos por proporcionar incluso las necesidades más básicas de la vida (como alimentos, papel higiénico, etc.). Por primera vez en mucho tiempo, estábamos inmóviles y completamente despojados. ¿Qué íbamos a hacer?

Primero acudimos a Dios en oración. Y luego comenzamos a organizar cómo cuidaríamos de nuestros hijos y les guiaríamos en su educación y desarrollo espiritual, ¡que era nuestro papel como padres desde el principio! Sin siquiera darnos cuenta, esta pandemia que desaceleró al mundo nos llevó a evaluar nuestra manera de ejercer la paternidad y a crecer en las áreas del liderazgo espiritual y el desarrollo educativo. Qué maravillosa bendición disfrazada. Fue difícil, pero los frutos fueron eternos.

Los días laborables estuvieron llenos de conversaciones y actividades que nos ayudaron a evaluar y educar a nuestros hijos. No estábamos preparados para ello, pero gracias a la abundancia de la gracia de Dios les ayudamos con sus tareas y exámenes. Los días estuvieron llenos de preguntas y respuestas, conversaciones y risas. Fue realmente una bendición ver a nuestros hijos crecer en sabiduría y conocimiento, algo que, con demasiada frecuencia, nos perdemos debido al ajetreo de nuestros horarios. Cuando llegó el domingo, la iglesia ahora era en línea. Esto significaba que ya no podíamos llevar a nuestros hijos a la iglesia y dejarlos en manos de otros para que los formaran en la fe; teníamos que hacerlo nosotros mismos. Esto era lo que nosotros, como padres, debíamos estar haciendo, pero con demasiada frecuencia dejamos esta tarea en manos de otros. Sin embargo, en Su infinita sabiduría y según Su plan divino, Dios nos llevó a ser los líderes espirituales de nuestros hogares al encontrarnos guiando el discipulado y la adoración familiar.

Al observar a familias de todo Estados Unidos durante los últimos meses, mi corazón se llenaba de alegría al ver fotografías y escuchar testimonios de familias adorando a Dios en sus propias salas, y de padres involucrados en el discipulado de sus propios hijos. Las Escrituras nos dicen que esta debe ser nuestra tarea principal como padres dentro de la familia. Efesios 6:4 nos dice: “criadlos en la disciplina e instrucción del Señor”. Deuteronomio 4:9 nos instruye: “que las hagas saber a tus hijos y a tus nietos”. De nuevo, en Deuteronomio 11:18-20, Moisés nos dice: “Grabad, pues, estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma; atadlas como una señal a vuestra mano, y serán por insignias entre vuestros ojos. Y enseñadlas a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y escríbelas en los postes de tu casa y en tus puertas”. Isaías 38:19 dice: “El padre cuenta a sus hijos tu fidelidad”. Y Joel 1:3 dice: “Contadlo a vuestros hijos, y vuestros hijos a sus hijos, y sus hijos a la siguiente generación”. Proverbios 22:6 dice: “Enseña al niño el camino en que debe andar, y aun cuando sea viejo no se apartará de él”. Nosotros, como padres, debemos involucrarnos en compartir las verdades de la Palabra de Dios con nuestros hijos. Las Escrituras lo dejan claro. Debemos rodear y saturar a nuestros hijos de la Palabra viva y eficaz de Dios. Esta pandemia ha vuelto a enfocar mi atención hacia ese objetivo. Y no soy el único. Aunque anhelamos la comunión y el ánimo que recibimos al reunirnos en los lugares de culto, recordemos que nuestros hogares deben ser donde todo comience. Digamos junto con Josué: “pero yo y mi casa, serviremos al Señor” (Jos 24:15).

¿Quién sabe lo que traerán los días venideros? Quizá aún estemos lejos del final de esta pandemia. Pero mientras seguimos abriéndonos camino a través de ella, tomando decisiones para nuestras familias, recordemos las lecciones que hemos aprendido, las verdades que Dios nos ha enseñado durante este tiempo de dificultad. Acudamos a Dios en oración y confiemos en Su provisión. Dediquémonos a la tarea eterna de discipular a nuestros hijos mediante la adoración familiar. Que seamos hallados fieles.

 


NOTAS

[1] John Ortberg, La vida que siempre has querido (Miami, FL: Editorial Vida, 2004), 96.

[N. del E.: todos los pasajes bíblicos de este artículo fueron tomados de La Biblia de las Américas (LBLA)]

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Edición: Enero/Febrero 2021.