Scroll Top

La oración y la labor del Pastor

Por John David Fallahee

MBA de University of Phoenix; MDiv de The Master’s Seminary; ThM y PhD de The Southern Baptist Theological Seminary. Pastor de discipulado en Brookside Baptist Church, Brookfield, Wisconsin. Director Ejecutivo de LearnLogos.com. Autor de Reflect the Glory of God in Prayer.

Afirmamos que la Palabra de Dios es nuestra autoridad y nuestra norma de referencia. Es nuestro principal medio para evaluar con sinceridad todo lo que hacemos por Cristo y Su Iglesia. En lo que respecta a la oración y a nuestra labor como pastores que estamos bajo la autoridad del Pastor, las Escrituras ofrecen algunas perspectivas e implicaciones fascinantes para nuestra consideración. Exploremos juntos seis principios que se sitúan en la intersección de la oración y nuestros deberes pastorales, a fin de que no nos quedemos cortos respecto de todo lo que el Señor tiene previsto para nuestro ministerio a Él y Su Iglesia.

Delegación: La prioridad de la oración y las Escrituras (Hch 6:3-4)

Nuestro primer principio se deriva de Hechos 6:3-4: “Por tanto, hermanos, escoged de entre vosotros siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes podamos encargar esta tarea. Y nosotros nos entregaremos a la oración y al ministerio de la palabra”.

Los apóstoles se enfrentaban a una Iglesia en crecimiento con una gran diversidad de necesidades. ¿La solución? Delegar en hombres dignos de confianza. Esta solución es similar al consejo que Jetro dio a Moisés en Éxodo 18:17-27 delegar en jueces la resolución de la multitud de conflictos. Hechos 6:3-4 es fundamental para el liderazgo pastoral y sus principios son vitales para nuestro ministerio. El Espíritu Santo nos revela nuestras dos prioridades principales e inmutables: la oración y el ministerio de la Palabra. Si alguna otra actividad llegara a desplazar estas dos prioridades, entonces es fundamental delegarla en una persona digna de confianza para volver a poner en orden nuestras prioridades.

A lo largo de los años, he observado cómo se han ido imponiendo cada vez más exigencias al liderazgo pastoral, lo que puede mermar el tiempo y la energía del pastor como si se tratara de una “muerte por mil cortes”. Estas responsabilidades adicionales pueden resultar perjudiciales para el pastor como para su ministerio pastoral y para toda la iglesia. Por ejemplo, el culto colectivo del domingo por la mañana no es simplemente un evento aislado de la semana, sino la culminación de, como mínimo, una semana de oración, estudio y preparación del mensaje. Si se reduce nuestro tiempo de oración y estudio de las Escrituras, las consecuencias irán más allá de nosotros mismos. Durante nuestra reunión congregacional, los creyentes se sienten animados por la Palabra de Dios que fluye de los momentos previos de oración y estudio. Los no creyentes que nos visitan necesitan un mensaje lleno del Espíritu proveniente de un pastor lleno del Espíritu. La transformación tanto del creyente como del no creyente es posible, pero solo a través de la obra del Espíritu y de la Palabra. Sin embargo, antes de que se produzca cualquier cambio entre la congregación, el cambio debe tener lugar dentro de ti y de mí. Que un pastor no ore ni estudie adecuadamente equivale a alejarse de nuestra única fuente de poder. Es como presentarse ante el Pastor Principal de la Iglesia y realizar arrogantemente las responsabilidades propias en la carne, sin reconocer nuestra dependencia de Él. Esta manera de ministrar no es un enfoque sostenible para el ministerio y resulta ineficaz para ver vidas transformadas a largo plazo.

 

Dedicatoria: La pasión por la pureza y la protección (2 Ti 2:20-21)

Nuestro segundo principio se basa en 2 Timoteo 2:20-21: “Ahora bien, en una casa grande no solamente hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro, y unos para honra y otros para deshonra. Por tanto, si alguno se limpia de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra”.

Pablo escribe a Timoteo, revelando que la utilidad y el servicio eficaz requieren santidad. A medida que nos despojamos del pecado y nos revestimos de la justicia, nos convertimos en un vaso consagrado para un uso honorable. Nuestra vida de santa consagración a Cristo es imposible sin una vida de oración igualmente consagrada a Él. Es en nuestras tranquilas meditaciones reflexivas y en el autoexamen a la luz de la Palabra de Dios donde cultivamos la semejanza con Cristo, confesamos nuestros pecados a nuestro Gran Sumo Sacerdote y nos apartamos de nuestras inclinaciones egoístas, carnales y mundanas. Debemos crecer en piedad y ser tenazmente honestos acerca de nuestra verdadera condición espiritual ante nuestro Salvador omnisciente y compasivo. A través de esta transparencia ante nuestro Señor, podemos crecer en santidad y vencer nuestras luchas contra el pecado. Al vencer el pecado de esta manera, estamos en condiciones de guiar a otros sin hipocresía y ayudarles a asegurar también un caminar victorioso ante Cristo. La oración íntima nos mantiene a nosotros y a los demás centrados en Cristo.

 

Determinación: Interceder por los demás (1 Ti 2:1-2)

Nuestro tercer principio define nuestro papel único como embajadores e intercesores de Cristo. Primera de Timoteo 2:1-2 declara: “Exhorto, pues, ante todo que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad”.

¡Nuestras comunidades necesitan nuestras oraciones! Cada vez resulta más dolorosamente evidente que la sociedad en la que vivimos se está desmoronando y se parece cada vez más a los días de Noé. En 2 Timoteo 3:2-4, Pablo enumera las características de las personas en los últimos días, y parece un resumen de las noticias del día a día. En su comentario sobre las Epístolas Pastorales, George Knight señala una estructura quiástica particular en esta lista, en la que la idea central es el “chisme malicioso” o diabolos en griego.[1] Este catálogo de pecados revela cómo vive la persona perdida y refleja las características de su padre, el diablo. En esta prueba, Pablo desafía a Timoteo a perseverar en la piedad. Cristo, nuestro Salvador, es el único Mediador entre Dios y los hombres, y nosotros, Su cuerpo, actuamos como embajadores entre los perdidos y Cristo, guiando a otros fuera del reino de las tinieblas hacia el reino de la luz. Que nunca nos enfriemos ni nos impacientemos en la oración, intercediendo plenamente por los demás. La oración de intercesión nos recuerda nuestra liberación por gracia mediante la fe, nos mantiene conscientes de nuestra misión y cultiva en nosotros un amor por los perdidos.

 

Duplicación: un plan para formar a tus Timoteos y Titos (Mt 28:19-20)

Nuestro cuarto principio exige toda nuestra atención y nuestro pleno compromiso. Mateo 28:19-20 dice: “Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

La mayoría de las iglesias locales prestan una atención especial al campo misionero en el extranjero, combinando la oración con donativos económicos concretos. Sin embargo, cuando se trata del campo misionero local, pueden surgir retos importantes para quienes trabajan en él. Curiosamente, antes de que Cristo eligiera a Sus doce discípulos, Él pasó la noche en oración (Lc 6:12-16). Este hábito de oración es nuestro modelo. Con demasiada frecuencia, en el ministerio, nos faltan obreros para la cosecha. Jesús, en Mateo 9:37-38, nos insta a orar por obreros para la cosecha. ¿Cuántas veces has buscado a la primera persona disponible en lugar de acudir al trono de Dios en busca del próximo colaborador? La falta de oración en este ámbito concreto puede acarrear graves consecuencias, como decisiones erróneas, falta de discernimiento espiritual y la pérdida de la protección providencial. Si realmente queremos encontrar y formar compañeros de trabajo, debemos impregnar todo el proceso con la oración.

 

El Diablo: Revestíos de la armadura de Dios (Ef 6:11-12)

Nuestro quinto principio nos exhorta a recordar que nos encontramos en una batalla espiritual y que nuestra armadura es espiritual. Tal y como se nos recuerda en Efesios 6:11-12: “Revestíos con toda la armadura de Dios para que podáis estar firmes contra las insidias del diablo. Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales”. Pablo añadiría además en el versículo 18: “Con toda oración y súplica orad en todo tiempo en el Espíritu, y así, velad con toda perseverancia y súplica por todos los santos”.

En nuestros círculos conservadores, tendemos a restar importancia a las fuerzas espirituales más oscuras que actúan en el mundo. Aunque esto evita, con razón, un pensamiento exagerado que sitúe a Satanás y a sus secuaces debajo de cada piedra o en cada esquina, también puede conducir a un pensamiento más naturalista, que minimiza las auténticas actividades de la guerra espiritual. Este pasaje y otros similares, como Daniel 10, 2 Corintios 12:7, Job 1-2 e incluso Lucas 22:31-32, revelan la necesidad de perseverar en la oración. En la mayoría de los casos, no veremos la obra que se desarrolla más allá del velo de este mundo mientras pastoreamos a nuestra congregación. Pero debemos recurrir a la ayuda del trono de Dios Todopoderoso a través de la oración, pues existen muchas amenazas espirituales invisibles. Muchas batallas se pierden antes incluso de haber comenzado cuando descuidamos la adoración en oración, carecemos de disciplina espiritual y no estamos suficientemente equipados para la guerra espiritual.

 

Devoción: La primacía de Dios y Su Reino (Fil 2:5-11)

El último principio que te proponemos reflexionar revela la importancia de la interrelación entre la humildad, la oración, la adoración y el Reino.  Filipenses 2:5-11 dice: “Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”.

Este pasaje revela cómo un espíritu de humildad debe ser la actitud que gobierne a los creyentes, especialmente a los líderes de la Iglesia. La humildad es imposible sin una oración constante y perseverante. Cristo modeló la verdadera humildad a través de Su encarnación, humillación y sacrificio sustitutivo. Las Escrituras revelan cómo Dios el Padre honra a Cristo y exalta no solo Su persona y Su nombre, sino que habrá un reino venidero de 1,000 años en el que Cristo gobernará con vara de hierro, elevado sobre las naciones. Hoy en día somos una mera extensión, incluso se podría decir que un lejano puesto avanzado de ese Reino venidero. En las pruebas y tribulaciones del ministerio, es muy fácil perder de vista nuestra devoción a Dios y al Reino venidero de Su Hijo. Si perdemos esta visión de un futuro lleno de gloria, me temo que pensaremos y actuaremos con una perspectiva demasiado limitada, trivial o insignificante. El Reino Milenario gira en torno a Dios y a Su gloria. Lo veremos de cuatro maneras: la gloria de Dios el Padre, al ser exaltado Cristo en Su reinado; la gloria del Espíritu Santo, al obrar durante el reinado de Cristo; la gloria de Israel, al recibir las promesas que Dios le ha hecho y que ha esperado durante tanto tiempo; y la gloria de la Iglesia, al recibir su recompensa y servir a su Rey y Esposo. Si no proyectamos ante nosotros mismos y ante aquellos a quienes ministramos en la iglesia una visión, mediante la oración, de toda esta gloria venidera, nuestra visión se oscurecerá y se volverá miope. Seremos incapaces de ver más allá de las frivolidades y la mediocridad de esta vida.

Al considerar la posibilidad de reexaminar la prioridad de la oración en tu labor pastoral, considera estos seis principios relacionados con la oración. Que puedas comprender plenamente y experimentar todo lo que el Señor tiene destinado para tu ministerio a Él y a Su pueblo. Y que tu tiempo de oración sea teológicamente más rico y profundamente más íntimo.

 


NOTAS:

[1] Knight, George W., The Pastoral Epistles: A Commentary on the Greek Text. New International Greek Testament Commentary (Grand Rapids, MI; Carlisle, England: W.B. Eerdmans; Paternoster Press, 1992), 429-30.

[N. del E.: todos los pasajes bíblicos de este artículo fueron tomados de La Biblia de las Américas (LBLA)]

Copyright VOICE Magazine, utilizado con autorización.

Edición: Enero/Febrero 2021.